Category: Teoría Queer

  • Migrantes y ‘disidentes’ sexuales: “Nuestros cuerpos hackean al Estado racista español”

    Álex Aguirre (izquierda) y Yos Piña (derecha), activistas de Migrantes Trangresorxs en el centro cultural Matadero de Madrid. ICÍAR GUTIÉRREZ

    Son las ocho de la tarde y, dentro de una de las naves del centro cultural Matadero de Madrid, un grupo de jóvenes ultima los detalles de las actividades que preparan para el próximo fin de semana. Varias fotos de personas racializadas y algunos carteles hechos a mano decoran el espacio. “Lo queer no te quita lo racista”, reza uno de ellos. “No esperaban que sobreviviéramos”, dice otro.

    Aquí se reúne cada semana Migrantes Trangresorxs, un colectivo de personas racializadas y migrantes con diversas orientaciones sexuales e identidades de género que luchan contra el racismo y la LGTBIfobia. Una “doble discriminación” que, insisten, les afecta de forma “específica” por el hecho de ser migrantes y racializadas, y por ser trans, lesbianas, gays, bisexuales o no identificarse con los conceptos tradicionales de hombre y mujer.

    “Nuestro cuerpo es una intersección, yo no puedo separar una cosa de la otra: soy trans y soy migrante, está unido en una sola vivencia y recibimos doblemente esa violencia sobre nuestros cuerpos”, explica Yos Piña, activista del colectivo. “Pero nuestros cuerpos también hackean el género construido por los blancos, las leyes que nos apresan y las estructuras del Estado racista español”.

    “Dentro de los grupos alternativos se nos invisibilizaba”

    A su lado está Alex Aguirre, quien llegó a España después de años ejerciendo el activismo con personas trans y lesbianas en Ecuador, su país de origen. Este impulso, dice, está en el origen de este grupo del que hoy forma parte. “Cuando llegué, me di cuenta de que no había espacios para trabajar específicamente migraciones y LGTB. Me iba a espacios blancos LGTB, pero no se trataba: era parte de la agenda, pero no había presupuestos, ni gente que lo trabajara”, relata.

    Así nació Migrantes Trangresorxs en 2010. “Decíamos: ‘¿Dónde se reúne la gente?’ Teníamos esta necesidad personal y política, y comenzamos a reunirnos. Y ya son años”, sostiene. Quimy/Leticia Rojas, también procedente de Ecuador, asiente y apunta que el antes y el después lo marcó un encuentro feminista que tuvo lugar en 2009. “Dentro de los grupos alternativos se invisibilizaba totalmente el tema de las personas migrantes. Esto fue un punto de inflexión para pensar por qué no se visibilizaba nuestro discurso, a pesar de estar allí”, relata.

    “Parece que los migrantes no tenemos un activismo político crítico, lo que por un lado nos enfurecía, y también nos empujó a hacer algo en estos contextos de personas LGTBQ blancas y locales, y generar una posición crítica y transgresora”, agrega.

    Francisco Godoy, integrante de Migrantes transgresorxs. Imagen cedida.

    Se autodenominan “disidentes sexuales” porque tratan de desmontar, dicen, la identidad y la orientación sexual “hegemónicas”.”La heterosexualidad es un invento colonial, así como la separación que Occidente generó entre salud y enfermedad, o delito y no delito. Antes de la llegada de los conquistadores, en Abya Yala [América] existían multitud de prácticas sexuales y de identidades que no respondían al binomio hombre-mujer o masculino-femenino, como los enchaquirados en la zona de Ecuador”, explica Francisco Godoy, activista.

    También rechazan la idea de que se fueron de sus países de origen en busca del denominado “sueño europeo”. “A veces dicen que venimos de países pobres, precarios, que venimos huyendo de que nos maten, pero no es verdad. Ecuador, por ejemplo, es muy adelantado”, sostiene Aguirre. “Tenemos derecho de estar acá y en cualquier otra parte del mundo”, apunta Piña.

    “Exigimos al Gobierno que nos reconozca”

    Así, uno de sus principales objetivos es combatir la imagen “victimista” y homogénea que a menudo, indican, se da de la comunidad migrante, y reiteran que no quieren que hablen por ellas, que son ellas las protagonistas de su lucha, en la que ponen sobre la mesa demandas específicas, como poder decidir su nombre.

    Esta ha sido una de sus campañas más recientes: que las personas trans migrantes no tengan que tener la nacionalidad española, tal y como estipula la ley, para poder cambiar su nombre en su documento de identidad (NIE) sin esperar los dos años exigidos de hormonación y médicos y un certificado de disforia de género.

    “Exigimos al Gobierno que nos reconozca. Las personas migrantes tienen que obtener primero la nacionalidad española para poderse cambiar de nombre, y eso, añadido a los dos años que tienes que hormonarte, se demora cinco o diez años”, apunta Aguirre. “Diez años con todas las trabas administrativas y burocráticas, y soportando toda la violencia racista y tránsfoba”, coincide Piña.

    Aguirre, según cuenta, se llama Álex en Ecuador, donde pudo cambiar su nombre, pero en sus documentos españoles figura otro, su “nombre anterior femenino”. “Acá llegué con el nombre de Álex, me lo cambiaron en el NIE y cuando pasé a tener la nacionalidad, el juez me dijo que no cumplía las leyes establecidas de sexo y género, que había una confusión. No me quiso poner Álex”, asegura.

    Esta traba, según relata, ha marcado su día a día en España. “Hay personas con dos o tres hombres. En mi país me llamo como un hombre y acá tengo otro. Cuando viajo tengo que estar con los dos pasaportes”. Y cuenta que el día anterior a la entrevista, sin ir más lejos, en una visita al médico, el doctor le llamó a la consulta preguntando “¿Dónde está esta señorita”. “Lo dijo en medio de 20 personas y yo no alcé la mano. Cuando me tocó entrar, le dije que estaría bien que llamaran por los apellidos”.

    “Hay gente muy cercana que no acepta que es racista”

    Con su activismo, no solo se centran en la comunidad LGTBI, sino que denuncian el “racismo estructural” que, a su juicio, sufren las personas migrantes y racializadas en España. “La Ley de Extranjería es una cárcel, porque marca la muerte social de las personas que no tienen papeles. Diariamente nos tenemos que enfrentar a la inexistencia. Mi nombre es Yos, pero al no tener un documento que te valide para alquilar una habitación o tener un trabajo, no existes”, asegura.

    Si tiene que pensar en cómo les afecta el racismo y la lgtbifobia a diario, Aguirre no duda. “Sales a la calle con miedo a que te peguen. Yo a veces paso desapercibido por ser chico, pero igualmente me han pegado porque reconocieron que era trans. Hay mucha violencia todavía en la calle contra las personas trans, seamos racializadas o no”.

    Quimy/Leticia Rojas, activista de Migrantes Transgresorxs. ICÍAR GUTIÉRREZ

    También empujan para que este discurso esté presente en otros espacios formados en su mayoría por personas blancas que reivindican los derechos LGTBI. “Es importante visibilizarnos, dar constancia de nuestra existencia. Siempre tratamos de imponernos, porque el tema migrante cuesta. Damos a conocer que sí hay racismo, porque no se reconoce que existe a nivel estructural, que hay esta idea de que lo blanco es lo mejor. Hay gente muy cercana, a la que quiero mucho, que no acepta que es racista. Que me dicen: ‘El racismo lo tienes en tu cabeza’. Tenemos un fuerte trabajo por hacer”, esgrime Aguirre.

    Para su compañeras, este es a menudo un trabajo “invisible” que requiere un gran esfuerzo. “Nos vemos obligadas a estar constantemente reflexionando y generando una estrategia para explicarlo. El racismo es tan fuerte que es ciego, las personas blancas no tienen la capacidad de verlo hasta que no se lo pones enfrente y se lo explicas”, critica Rojas.

    Para combatirlo, trabajan con otros colectivos antirracistas de Madrid y grupos migrantes LGTBI de otros puntos del Estado, como Barcelona o País Vasco. En todos estos años han organizado encuentros, debates, talleres y todo tipo de actividades. La próxima, ‘La cancha es nuestra’, será este domingo en el barrio de Lavapiés, con una exposición de fotografías y conciertos organizados junto a otros colectivos como Kwanzaa, Efae y Alianza por la Solidaridad. En él también rendirán homenaje a Mame Mbaye, el mantero fallecido el pasado jueves en Lavapiés.

    Cada vez, dicen, son más. “Y vamos a seguir, porque esto también es lo que nos da vida. Seguir luchando”, anuncia Aguirre. “Son espacios para pensar nuestra realidad y afianzar los lazos para resistir y ver cómo solucionar nuestros problemas diarios. Ha sido lindo, porque permite saber que no estamos solas, que somos muchas y tenemos muchas estrategias para resistir, sobre todo con toda esta avalancha racista efervescente en Europa”, opina Piña.

    “Que Europa esté llena de negros y migrantes es hackear la ‘blanquitud’: agrietarla y decir que existimos y sobrevivimos. Y no esperaban que sobreviviéramos”, sentencia.

  • El arzobispo de Toledo dice que la ideología de género es “discutible y peligrosa”

    El arzobispo de Toledo

    Braulio Rodríguez ha querido dar su visión personal en relación con la “inquietante” asignatura que se incluye en el anteproyecto de la Ley por una Sociedad Libre de Violencia de Género en la que trabaja el Instituto de la Mujer. Una legislación que, asegura, “preocupa y mucho” ya que supone una “merma de libertad” en los padres, así como una educación “moral y afectivo-sexual sesgada”.

    Rodríguez ha rechazado, al igual que lo hizo una plataforma católica recientemente, la ideología de género como la “única” base de la educación de los niños y, además, la ha tachado de “peligrosa y discutible”. “Muchos padres, creo sinceramente, no se han percatado de la situación de riesgo que corren sus hijos de ser educados moralmente por otros en lo relativo a uno de los aspectos más importantes de la persona humana: su sexualidad y el modo de educar esta dimensión afectivo-sexual de modo adecuado”.

    En este sentido, asegura que la ideología de género “avanza vertiginosamente” y sus defensores lo hacen con un “pensamiento único”. “Por ello, es rechazable que en la educación afectivo-sexual se tenga en cuenta únicamente los criterios de esa ideología y su metodología”. Además, el arzobispo prefiere no hablar de violencia de género, sino que lo menciona como ” la violencia en la familia”, “el machismo rechazable” o un problema de igualdad “de los sexos, el femenino y el masculino”.

    Por eso, insta a considerar no sólo la cuestión de género, sino también otros como “la antropología cristiana, de base humanista y respetuosa con lo que el ser humano es”. “Sin tener en cuenta cómo se está abordando los problemas y la educación afectivo-sexual por los poderes públicos, serán cada vez mayores las disfunciones en la relación hombre-mujer”, advierte.

    Y es que, considera que en este camino se seguirán criando personas “inmaduras, incapaces de mantener el respeto hacia el otro, de salir de sus propios intereses y, lo que es peor, sometidos a modos de vivir que llegan, como estamos viendo, hasta matar el hombre a la mujer, bien sea esposa, pareja, bien sea antigua esposa, o antigua pareja y viceversa, aunque estos casos sean casi inexistentes”. Finalmente, asegura que no todo se arregla con “superar desigualdades” entre hombre y mujer, sino “en conseguir una complementariedad que sin duda está inscrita en el ser de cada persona, sea del sexo que sea”.

  • Mujeres que se vistieron como hombres para burlar las prohibiciones machistas

    Célebres militares, arqueólogos, médicos, escritores o botánicos fueron mujeres que se enfundaron ropas masculinas para poder desarrollar su vocación, cumplir su sueño, luchar por una causa o realizarse con un trabajo que les habían prohibido 

    Dorothy Lawrence

    Si no puedes con tu enemigo, vístete como él. Y así lo hicieron para poder desarrollar su vocación, cumplir su sueño, luchar por una causa o realizarse con un trabajo que les habían prohibido ejercer. Célebres médicos, arqueólogos, conseguidores, soldados, pintores, independentistas, marinos, escritores, abogados, universitarios o botánicos fueron mujeres enfundadas en ropas o uniformes masculinos. Hasta se habló de un papa que en realidad era papisa, aunque la historia ha archivado el sexo de Benedicto III en la categoría de la leyenda, surtida de anécdotas vaticanas de inspiración testicular que tocaremos más adelante.

    Como las facultades españolas eran un coto poblado por fauna exclusivamente varonil, la ferrolana Concepción Arenal se disfrazó de hombre a mediados del XIX para asistir como oyente a las clases de Derecho de la Universidad Central de Madrid. A la vuelta de la esquina, en la calle del Pez con San Bernardo, la estatua de una joven estudiante homenajea hoy a la penalista gallega, quien luchó por la mejora de las condiciones de vida de los presos. “Odia el delito y compadece al delincuente”, defendía la escritora, a quien dio vida Blanca Portillo en el telefilme de Laura Mañá Concepción Arenal, la visitadora de cárceles.

    Arenal entró por primera vez en el germen de la actual Universidad Complutense a los veintiún años, aunque pronto sería descubierta. De poco le serviría el camuflaje de la levita, el sombrero de copa y la capa, aunque sus esfuerzos por estudiar Derecho al margen de la ley le permitieron seguir recibiendo las enseñanzas ¡escoltada por un hombre! “Acompañada por un familiar, doña Concepción se presentaba en la puerta del claustro, donde era recogida por un bedel que la trasladaba a un cuarto en el que se mantenía sola hasta que el profesor de la materia que iba a impartirse la recogía para las clases”, escribe Amelia Valcárcel en Feminismo en un mundo global (Cátedra).

    Hubo mujeres que se vistieron toda su vida como hombres y no fueron descubiertas hasta su muerte. James Miranda Stuart Barry —quizás Margaret Ann Bulkley en la pila bautismal— se hizo pasar por un varón para estudiar Medicina en la Universidad de Edimburgo y ejercer como cirujano del ejército británico en las colonias. Durante 46 años, mejoró las condiciones sanitarias de sus pacientes y practicó una cesárea en la que madre e hijo lograron sobrevivir, según la revista New Scientist. Fallecida de disentería en 1865, una limpiadora que la amortajaba vio sus genitales, pero guardó el secreto y fue enterrada en el cementerio londinense de Kensal Green bajo el nombre de James Barry.

    Lo mismo hizo Henriette Faver, que acortó su nombre para estudiar cirugía en París y atender al ejército de Napoleón en su incursión rusa. Instalada en Cuba, se casó con una joven tísica, quien terminó pidiendo la anulación del matrimonio en 1833. Encarcelada, fue sometida a la fuerza a un examen médico para determinar su sexo, a pesar de que previamente había confesado para evitar la humillación. Condenada a diez años en Santiago, apeló al tribunal de Puerto Príncipe, que rebajó la pena a cuatro. El historiador Emilio Roig de Leuchsenring transcribe en Médicos y medicina en Cuba el diálogo entre su abogado defensor y el fiscal:

    – Enriqueta Faber no es una criminal. La sociedad es más culpable que ella, desde el momento en que ha negado a las mujeres los derechos civiles y políticos, convirtiéndolas en muebles para los placeres de los hombres. Mi patrocinada obró cuerdamente al vestirse con el traje masculino, no sólo porque las leyes no lo prohíben, sino porque pareciendo hombre podía estudiar, trabajar y tener libertad de acción, en todos los sentidos, para la ejecución de las buenas obras. ¿Qué criminal es ésta que ama y respeta a sus padres, que sigue a su marido por entre los cañonazos de las grandes batallas, que cura a los heridos, recoge y educa a los negros desamparados y se casa nada más que para darle sosiego a una infeliz huérfana enferma? Ella, aunque mujer, no quería aspirar al triste y cómodo recurso de la prostitución…

    – Debe de ser una santa —replicó el fiscal.

    – O mejor una víctima —concluyó el defensor de la primera mujer que ejerció la medicina en Cuba.

    El general Robles

    A las armas también fue la periodista inglesa Dorothy Lawrence. Había intentado cubrir la Primera Guerra Mundial enrolada en el Destacamento de Ayuda Voluntaria, si bien su solicitud fue rechazada. Luego se plantó en Francia para empotrarse como corresponsal en el ejército británico, pero fue detenida por la policía gala y obligada a abandonar el país. Dorothy se hizo con un uniforme, se cortó el pelo, ciñó sus pechos, aprendió a desfilar y falsificó la documentación para hacerse pasar por el soldado raso Denis Smith.

    Tenía diecinueve años cuando pedaleaba hacia el frente de batalla. Camino de Somme, se encontró con un minero inglés que le echó una mano y le recomendó que se refugiase por las noches en una cabaña. En su libro Sapper Dorothy Lawrence: the only English woman soldier, publicado en 1919 pese a las amenazas de las autoridades militares, asegura que su nuevo amigo le procuró un puesto en la 179 Compañía Tuneladora. Sin embargo, la inteligencia militar matizó después que no había trabajado como zapadora, aunque reconoció que había sufrido los rigores de las trincheras.

    Las durísimas condiciones afectaron a su salud y, ante el temor de ser descubierta y de que los soldados que la habían ayudado sufriesen represalias, se entregó al mando. Fue interrogada como si se tratase de una espía, hecha prisionera de guerra y enviada a Inglaterra, donde intentó infructuosamente publicar reportajes sobre la contienda, explica Jennifer Newby en el libro Women’s Lives. Seis años después de su experiencia en el campo de batalla, reveló que un sacristán había abusado de ella cuando era adolescente y fue encerrada en un psiquiátrico.

    Otras mujeres, en cambio, fueron honradas por su país a su muerte. Es el caso de Brita Nilsdotter, quien en 1788 siguió los pasos de su marido y luchó en la guerra ruso-sueca. Logró encontrarlo, aunque luego resultó herida y recibió una pensión vitalicia y una medalla al valor, así como un funeral militar.

    [Marcela y Elisa, las únicas lesbianas casadas ante dios]

    Tampoco abandonó a su esposo en el fragor de la batalla Malinda Blalock, quien se alistó como Samuel en la guerra de Secesión, en la que también participaron la estadounidense Jennie Irene Hodgers —que desempeñaría otros oficios propios de hombres y sería enterrada con uniforme militar— y la canadiense Sarah Emma Edmonds, autora de The Female Spy of the Union Army. La periodista y arqueóloga Jane Dieulafoy hizo lo propio con su marido durante la guerra franco-prusiana, si bien siguió llevando el pelo corto y usando prendas masculinas en sus viajes a países musulmanes. A su regreso de Oriente Próximo, las autoridades francesas hicieron una excepción con ella, ignoraron la ley y le concedieron un permission de travestissement para pasearse a sus anchas por París.

    Alfonsina Strada

    Aunque la militar que recibiría mayores honores sería Amelia Robles, protagonista de la revolución mexicana, considerada la primera persona transgénero de su país. Gabriela Cano esboza su figura en el libro Género, poder y política en el México posrevolucionario, donde explica que el general Robles simboliza la trasgresión de la identidad socialmente asignada, pues siguió siendo hombre tras la rebelión zapatista, compartió su vida con una mujer y adoptó a una niña.

    “Ponerse un uniforme, además de ponerte a tono con la guerra, facilita la transición de un rol a otro”, escribe Anthony Powell en Faces in My Time. Las hombreras, según él, confieren “anonimato” a su portador, de modo que el hábito —más allá del sexo— hace al soldado. Alison Lurie, autora de El lenguaje de la moda, abunda en la idea: “El uniforme identifica a quien lo lleva como miembro de un grupo y a menudo lo ubica dentro de la jerarquía”. No es una visión exclusiva del soldado, piensen en un médico o en un bombero. “Ponerse la ropa de otro es asumir simbólicamente su personalidad”, concluye Lurie. Y, en ocasiones, su sexo.

    La nómina de mujeres que se vistieron de hombres para guerrear es extensa, desde la garibaldina Antonia Marinello hasta la independentista cubana Martina Pierra de Agüero. Otros trajes, en cambio, no ayudan a pasar desapercibido. La costurera Alfonsina Strada difícilmente parecía un hombre embutida en el maillot, pero en 1917 logró correr el Giro de Lombardía porque el reglamento no especificaba nada al respecto. Siete años después, se convirtió en la única mujer en disputar una gran vuelta: aunque no coló el nombre con el que se inscribió —fácil: Alfonsin Strada—, los organizadores del Giro de Italia le permitieron su participación porque estaban ávidos de publicidad después de que las estrellas de la época se negasen a tomar la salida por culpa de las condiciones económicas. Volvió a presentarse al año siguiente, pero no tuvo tanta suerte. Lo cuenta Martiño Suárez en Vestiario do Bestiario, aunque tienen más a mano este reportaje de Marcos Pereda.

    Marcela y Elisa, retratadas por José Sellie

    Algunas de las hazañas de estas mujeres ya fueron reconocidas en su día, si bien el lenguaje usado por la prensa de la época no era del todo políticamente correcto. La primera boda gay por la iglesia, protagonizada por Marcela y Elisa en 1901, fue considerada por El Suceso Ilustrado como un Matrimonio sin hombre. En vez de poner énfasis en que jamás hasta entonces se habían casado dos mujeres, el titular incidía en la ausencia del varón y, de paso, invisibilizaba a Elisa, quien había adoptado la identidad de Mario Sánchez para poder consumar legalmente su amor con Marcela. Cuando fueron descubiertas, las maestras coruñesas tuvieron que huir a Portugal y, luego, a Buenos Aires. El investigador Narciso de Gabriel, autor de Elisa y Marcela. Más allá de los hombres, especula sobre el trágico destino de Mario: pudo quitarse la vida en el puerto de Veracruz o fallecer de un cáncer terminal en la capital argentina.

    Otras publicaciones, como Alrededor del Mundo, también pecan de un lenguaje machista y heterocentrista, de modo que se le atribuyen a las mujeres los rasgos, cualidades, virtudes y defectos propios de un hombre —mejor dicho, del hombre que dictaban las convenciones sociales de la época—. O sea, lo que hoy ha venido a llamarse periodismo cipotudo. No importa que la protagonista sea heterosexual, lesbiana o transgénero, pues todo se limita a una fémina disfrazada o a una marimacho que trae de cabeza a las jovencitas. Sobre el operario Tony Leesa, en un reportaje publicado en 1901: “Trabajaba en una gran fábrica de Jonkers, donde traía revueltas y enamoradas de ella, creyéndole él, a todas las operarias, hasta que un día sucumbió ella también al amor, y habiéndose enamorado de un hombre volvió a vestirse como mujer, y se casó con él con gran sorpresa y desesperación de los centenares de enamoradas que la Tony tenía”.

    El mismo texto se hace eco del conseguidor demócrata Murray Hall, quien comenzó como buscador de oro en California y terminó como propietario de una agencia de colocaciones y de una agencia de apuestas mutuas en Nueva York. Un prenda: “No sólo era un gran muñidor electoral, sino que hacía todas las cosas de los hombres: fumaba, mascaba tabaco, bebía, juraba como un carretero, bailaba y corría como los hombres; conocía el boxeo y reñía con frecuencia, y hasta buscaba quimeras cuando la molestaban”.

    Alrededor del mundo lo acusa de “conquistar a una muchacha muy bonita y de muy buena familia, haciéndole creer que era inmensamente rico”. También de tener una doble vida, lo que le llevaba a enviar periódicamente remesas a una mujer con la que se había casado en primeras nupcias. La segunda murió “créese de tristeza”, supuestamente causada por los quebraderos de cabeza que le proporcionaba“tan extraño individuo o individua”. Según la revista ilustrada fundada por Manuel Alhama Monte, “el dominio de Murray Hall sobre su mujer era tan absoluto que se apoderó por completo de la fortuna de ella”.

    La anarquista Luisa Capetillo, en la prensa de la época

    No vamos a extendernos aquí en las mujeres que vistieron su firma de hombre, desde Fernán Caballero hasta Víctor Catalá, aunque algunas escritoras también usaron ropas masculinas para moverse con libertad y acceder a rincones vetados. Es el caso de George Sand o de Flora Tristán, quien no dudó en recurrir a la indumentaria masculina para denunciar la explotación de los obreros ingleses o la “atroz esclavitud” de las mujeres, cimentada por las leyes y los prejuicios.

    En Paseos en Londres, publicado en 1839, la autora francesa critica que le prohíban la entrada a la Cámara de los Comunes, lo que aumenta su deseo de acceder al Parlamento valiéndose de la ayuda de un diputado tory: “Le propuse, como cosa muy natural, que me prestara traje de hombre y que me llevara con él a la sesión. ¡Mi proposición hizo sobre él el efecto que hacía, en otro tiempo, el agua bendita sobre el demonio! ¡Prestar los vestidos de hombre a una mujer para introducirla en el santuario del poder masculino! ¡Oh qué abominable escándalo, qué desvergüenza, qué horrible blasfemia!”.

    Tras pedir ayuda a varias embajadas, al final consiguió entrar vestida con un traje turco que le facilitó un “personaje eminente venido a Londres en misión”. Inmune a los chascarrillos y las mofas de los parlamentarios —al contrario que los comunes, considera a los lores “verdaderos gentlemen, indulgentes con el capricho de las damas y haciendo un asunto de honor el respetarlas”—, Tristán pone a caldo la forma y el fondo de la alta política. “Salí de las dos Cámaras muy poco confortada por el espectáculo que ellas me habían presentado y, muy ciertamente, más escandalizada de los hábitos de los señores de las Cámaras que lo que ellos lo habían sido de mi vestido”.

    En fin, algunas mujeres se vistieron como hombres para poder desempeñar un oficio, como la botánica Jeanne Baret, la primera mujer que dio la vuelta al mundo en barco allá por 1766; y otras, para transgredir y subvertir los roles de género, como Luisa Capetillo, libertaria portorriqueña que organizó huelgas, defendió el sufragismo, luchó por la liberación femenina y causó conmoción con su ideario progresista, plasmado en cuatro libros. “El actual sistema social, con todos sus errores, es sostenido por la ignorancia y esclavitud de las mujeres”, escribió esta anarquista autodidacta y teórica del amor libre. Lucía traje chaqueta blanco y sombrero de ala, motivo suficiente para sentarla en el banquillo de los acusados durante una estancia en Cuba. “Yo siempre uso pantalones, señor juez, y en la noche de autos, en vez de llevarlos por dentro, los llevaba a semejanza de los hombres —y en uso de un perfecto y libérrimo derecho—, por fuera”. Fue absuelta.

    La sedia stercoraria, en los Museos Vaticanos

     

    De blanco también vestiría hoy la papisa Juana, aunque en el año 855 el sumo pontífice todavía usaba una túnica púrpura. Su historia es tan loca que cabe incluirla en el capítulo de las leyendas: dos años después de comenzar su pontificado —bajo el nombre de Benedicto III o Juan VIII—, dio a luz en medio de una procesión al fruto del embajador Lamberto de Sajonia, por lo que fue lapidada allí mismo. Menos gore es la versión que apunta a su muerte durante el parto. Sea como fuere, el historión de la mujer que quiso suceder a Pedro como santo padre motivó la creación de un oficio inédito hasta entonces: sexador de papas. Mito o realidad, el candidato a obispo de Roma tuvo que someterse a partir de entonces, por culpa del atrevimiento de la papisa Juana, al escrutinio de sus genitales.

    El proceso, que supuestamente fue abolido por Adriano VI en el siglo XVI —una pena: ¡quién vería a Ratzinger!—, consistía en sentar en una silla agujereada al nominado, quien previamente se había despojado de su ropa interior. Luego, un cura comprobaba que todo estuviese en su sitio, bien echándole un ojo, bien estirando la mano. Las versiones difieren al respecto, de la misma manera que hay quien dice que el afortunado examinador podía ser un diácono o un cardenal joven. El caso es que, tras pasar por la sedia stercoraria, el sexador de papas pronunciaba la frase duos habet et bene pendentes —que podría traducirse como “con un par” o, en cristiano, como “tiene dos y cuelgan bien”—, a la que los presentes respondían con alivio deo gratias. “Menos mal” o, si lo prefieren, “gracias a dios”.

  • La Justicia francesa rechaza reconocer un “sexo neutro” para intersexuales

    Varias personas bajo una bandera arcoiris durante una celebración del Día del Orgullo Gay AFP

    La Corte de casación francesa ha rechazado este jueves el recurso de un intersexual francés, nacido “sin pene ni vagina”, que quería ser inscrito como persona de “sexo neutro”. “La dualidad de los enunciados relativos al sexo en el estado civil persiguen un objetivo legítimo necesario para la organización social y jurídica”, ha justificado la corte en su decisión, recogida por AFP.

    El reconocimiento por parte del órgano judicial de un “sexo neutro”, que no está “permitido por la ley francesa”, tendría, entre otras, “repercusiones profundas sobre las normas del derecho francés“, construidas en base al sexo binario, e implicarían “numerosas modificaciones legislativas”, sostiene el más alto órgano judicial francés.

    La solicitud de ser inscrito en una categoría de “sexo neutro” por parte del demandante, un psicoterapeuta de 65 años que vive en el este de Francia, fue aceptada por un juzgado de Tours en agosto de 2015, pero fue rechazada más tarde, en marzo de 2016, por el Tribunal de Apelación de Orleans, que entonces temió “reconocer, al amparo de una sola rectificación de un estado civil, la existencia de otra categoría sexual”.

    “Cuando me miro a un espejo, por la mañana o por la tarde, veo claramente que no pertenezco a un mundo de hombres ni a uno de mujeres”, ha explicado a AFP Gaëtan (nombre ficticio por el que se ha dado a conocer en los medio franceses) tras la audiencia que ha tenido lugar este jueves en la Corte de casación, y ha explicado que quería “ser reconocido” de lo que es “desde mi nacimiento”.

    Después de años escondiéndose, Gaëtan se casó a los 42 años y adoptó a un niño junto a su mujer. El demandante tiene “a ojos de un tercero, el aspecto y comportamiento social de una persona de sexo masulino” según la información de su certificado de nacimiento, señala la corte.

    La Organización de la Naciones Unidas ha condenado en tres ocasiones ya a Francia por las operaciones practicadas a menores intersexuales con el objeto de asignarles un sexo masculino o femenino.

  • Teoría marica o el insulto como bandera

    Además de ser una forma ingeniosa de desmontar al interlocutor, la reapropiación del insulto es un acto de reivindicación política

    Pintada con el mensaje “Stay queer, stay rebel” en Bari, 2014. DENIS BOCQUET CC.

    Es habitual que en las conversaciones en las que se nombra el feminismo surjan voces críticas (y frecuentemente desinformadas) que preguntan con indignación por qué se usa el término “feminismo” para hablar de la lucha política por los derechos de las mujeres. Aunque con distintas variaciones, el argumento estrella al que se alude con frecuencia para señalar la supuesta inadecuación de la palabra feminista es que si se trata de un movimiento político que busca la igualdad, ¿no habría de llamarse igualitarismo?

    Lo que suele ser menos conocido es que la palabra feminismo, antes de ser una etiqueta política, era usada como insulto.

    La palabra feminismo nace muy lejos de la lucha civil y de las reclamaciones políticas con las que hoy asociamos el término.  La acuña el médico francés Fanneau de La Cour a finales del siglo XIX para referirse al cuadro clínico que presentaban los hombres enfermos de tuberculosis que perdían los caracteres sexuales secundarios: se decía que los pacientes tuberculosos a los que se les caía la barba y se les redondeaban las facciones sufrían de feminismo, porque parecía que se feminizaban.

    En 1872, Alejandro Dumas hijo (hijo del Alejandro Dumas de ‘Los Tres Mosqueteros’ y también escritor) retoma la palabra feminista en un folleto con el muy prometedor título de ‘El hombre-mujer’ para referirse con desprecio y cierto cachondeo a los hombres que apoyan la causa sufragista. Según Dumas, aquellos hombres que simpatizaban con la lucha de las mujeres por sus derechos sufrían de feminismo, es decir, eran (metafóricamente) hombres que habían perdido su virilidad y se habían feminizado, como les ocurría a los tuberculosos. Unos años más tarde, la sufragista francesa y pionera feminista Hubertine Auclert se reapropia del término feminismo para usarlo en el sentido político con el que hoy lo conocemos.

    Feminista es solo un ejemplo más del proceso de reapropiación de un insulto por parte del colectivo al que se busca atacar. Puta, bollera o maricón son otros casos recientes de palabras acuñadas y usadas en su origen con intención peyorativa que han sido reclamadas y asumidas con orgullo por el propio colectivo insultado.

    Además de ser una forma ingeniosa de desmontar al interlocutor, la reapropiación del insulto es un acto de reivindicación política. Cuando nos reapropiamos de un insulto, lo que estamos haciendo es abrazar con alegría aquello con lo que los otros aspiraban a estigmatizarnos, dejando claro que no sentimos ninguna vergüenza ni deshonra por aquello que intentan afearnos. Al hacer bandera de la ofensa, no solo se desactiva el insulto y se desmonta el ataque, sino que además se le da la vuelta a la tortilla poniendo en evidencia a quien intentaba herir.

    Los insultos funcionan como el dinero o como el prestigio: solo tienen valor mientras el grupo se lo otorgue, así que si el propio colectivo insultado pasa a autodenominarse con el término con el que se le intenta ofender, el insulto deja de funcionar.

    Queer es una palabra que se ha colado en los últimos años en el activismo LGTB+ y en la rama de la filosofía que analiza de forma crítica y disidente la identidad y la orientación sexual hegemónicas. Hay teoría queer, movimiento queer, activismo queer, cine queer, hasta tango queer. Si no conocemos la historia de la palabra, en español queer nos puede parecer un tecnicismo académico propio de manifiestos activistas o disertaciones filosóficas. Pero bajo su aspecto inofensivo, la palabraqueer también esconde la historia de un insulto reapropiado.

    Queer era una palabra habitual en inglés para referirse despectivamente a toda aquella persona que se salía de los estrechos márgenes de la normalidad sexual imperante y que fue reapropiada por el activismo LGTB a finales de los años ochenta. El equivalente en español más cercano podría ser rarito, desviado o maricón, según el contexto. Al traernos queer tal cual al español, hemos perdido por el camino toda la connotación histórica que la palabra tenía en su origen, y, por lo tanto, también nos hemos quedado sin buena parte de su fuerza política, puesto que su significado original es opaco para los hispanoparlantes.

    La palabra queer no es solo una etiqueta para denominar una identidad, sino que es en sí misma un acto de reivindicación que perdemos cuando importamos el anglicismo. Basta con imaginar el cortocircuito mental que habría producido a LGTBfóbicos y hazteoiristas en general descubrir que hay seminarios universitarios dedicados a “teoría marica” y “estudios transmaricabollo” para comprobar la ausencia de connotación política que tiene en español la aparentemente inocua queer.

    Feminismo y queer son dos palabras que, a pesar de gozar de buena salud lingüística en español, han perdido parte de su memoria histórica por el camino: en el caso de feminismo, por amnesia colectiva; en el caso de queer, porque al traernos el extranjerismo, necesariamente nos quedamos sin la tradición histórica que arrastra en su lengua original.

    Conocer y recordar el origen de estas palabras es una forma de reivindicar y mantener vivas las luchas políticas que nos han traído hasta aquí.

    La imagen de este artículo es de Denis Bocquet.

  • MOIRA WEIGEL/ ENSAYISTA. AUTORA DE LABOR FOR LOVE “Hay que abolir el género. La revolución sexual de los 60 se limitó a destruir normas”

    Publicado en CTXT

    JONI STERNBACH
    JONI STERNBACH

    Moira Weigel (Brooklyn, 1984) es una de las ensayistas del momento en Estados Unidos. Escribe sobre cine, cultura, ideología, sexo o tecnología desde una perspectiva feminista en publicaciones de todo tipo. Lo hace aunando la teoría crítica con la historia literaria y la sociología. Su libro Labor for Love (Macmillan) es un análisis multidisciplinar de la historia y presente de las citas románticas. Durante una reciente visita a Brooklyn para ver a sus padres, Weigel se citó con CTXT en una cafetería cercana al Park Slope de Paul Auster para relatar el origen y desarrollo de las citas como forma de cortejo amoroso y sexual, y su relación simbiótica con el capitalismo y la desigualdad de género.

    En primer lugar, ¿cómo define el dating, o las citas románticas?

    El dating, las citas, es la forma que adquiere el cortejo en una economía basada en el consumo. Para que surja es necesario que la mujer se incorpore al ámbito laboral y por eso no emerge hasta principios del siglo XX. Se trata de una forma de cortejo definida por dinámicas de mercado. Si uno piensa en las novelas de Jane Austen, se entiende que el matrimonio es un contrato financiero y legal, pero el cortejo previo tiene lugar en el hogar, supervisado por la familia o la comunidad, y fuera por tanto de la economía de mercado.

    Las citas emergen cuando hombres y mujeres se mezclan libremente en un ambiente urbano. Para que haya citas, tiene que haber cierta actividad de consumo, un elemento transaccional, que habitualmente implica que alguien le compre algo a alguien cuando ambos quedan para salir. Por tanto, la actividad está imbricada en la economía de consumo. Tanto si se trata de los bares, salas de baile y parques de atracciones que surgían en las ciudades estadounidenses de principios del XX como en el caso de las aplicaciones de móvil para citas que abundan en estos días, constantemente surgen formas en las que el cortejo se incorpora en el mercado, o en las que la atracción sexual y el deseo operan como motor del mismo.

    La mayor parte del debate público mainstream sobre las citas tiene que ver con cómo la actividad se encuentra en una gran crisis. A menudo, se achaca la crisis del romance a las nuevas tecnologías. Usted, sin embargo, defiende que ha existido desde siempre, que es “una crisis constante”. ¿Por qué hablamos de ello precisamente ahora?

    Porque ese discurso de crisis naturaliza y expresa una cierta ansiedad sobre los roles de género. También sirve para naturalizar lo que había antes y presentarlo como ahistórico o bueno. Cuando uno lee un artículo del New York Times en el que se dice “se acabó el cortejo por culpa del teléfono móvil”, eso cumple la función de presentar la anterior forma de cortejo como algo natural y atemporal. Es como si desde los cavernícolas hasta el iPhone 6, los hombres y las mujeres se hubieran dedicado alegremente a las citas y ahora, con la llegada del iPhone 6, estamos todos jodidos.

    ¿De dónde surgen las citas? ¿Quién las inventó?

    Me gusta decir, en broma, que las citas se inventaron, exactamente, en 1896, que es la primera vez que se publica la palabra date.

    Hasta ese momento, si fueras mi pretendiente y quisieras venir a verme, yo esperaría en el salón de mis padres durante horas hasta que aparecieras. Pero la palabra cita refleja que tanto la mujer como el hombre trabajan fuera del hogar. Vienes a recogerme de un lugar concreto a una hora determinada.

    En la década de 1890, se produce una oleada de inmigración masiva del campo a la ciudad y, a la vez, de Europa a las ciudades de Estados Unidos. La nueva clase obrera urbana vive en apartamentos o habitaciones pequeñas, a menudo compartidas. En esas condiciones, resulta muy difícil tener privacidad. Casi la mitad de las mujeres ya trabajaban fuera de casa para el año 1900. Por primera vez, los hombres y las mujeres se encuentran en el espacio público, y así se inventan las citas. Pero la frontera entre las citas legítimas y el trabajo sexual siempre ha sido muy porosa, ya que en las citas se espera que el hombre compre algo a la mujer, o la invite a algo, a cambio de algo romántico. Cuando surgen las citas, la clase media no las reconoce como tales, y las autoridades arrestan a las mujeres que se citan con hombres. A menudo se les lleva a comisiones para la reforma moral o a lugares en los que se les obliga a coser y a hacer trabajo menial.

    Al escribir sobre esta época, menciona el informe de una trabajadora social en 1915, que describe cómo las mujeres de la época se quejaban de que la única manera que tenían de disfrutar del ocio era que los hombres pagasen por él, se sobreentiende que a cambio de algo. ¿Es ahí donde se hace evidente la frontera porosa de la que hablaba?

    Exacto. Hay que tener en cuenta que el sexismo estructural que supone la desigualdad salarial está imbuido en el ADN de las citas. Debo decir que soy consciente de que los hombres se citan con otros hombres, igual que las mujeres, y que no pretendo hablar solamente de la gente heterosexual, pero escribo sobre una institución cuya historia hegemónica ha sido heteronormativa. Cuando un hombre y una mujer salen juntos, se presupone que el hombre paga, porque los hombres ganan mucho, mucho más que las mujeres y porque el espacio público siempre les ha pertenecido a ellos.

    Cuando las mujeres empiezan a adentrarse en los bares y otros espacios hasta entonces reservados a hombres, surge lo que llamo el complejo de la prostitución, una suerte de ansiedad que nunca ha desaparecido del todo. Incluso hoy, si quedáramos para una cita y me llevaras a un restaurante muy caro, me sentiría incómoda, porque sentiría que te debo algo.

    Estos elementos transaccionales surgen porque una persona está pagando, aunque sea de manera indirecta, por el tiempo y la atención de otra, y quizá algo de sexo. Llamémoslo consideración romántica. Es algo parecido a una entrevista.

    Hay algo sorprendente en su relato: cuando describe cómo eldating sacó el cortejo del espacio privado al público, añade que eso hizo que las mujeres perdieran poder relativo. ¿Por qué no al revés?

    Me alegro mucho de que lo hayas leído así de bien. Hay quien no lo ha entendido. Efectivamente, defiendo que las mujeres perdieron cierto poder sobre sus vidas con esa evolución. Como siempre, nos gusta pensar en el desarrollo capitalista como una historia de avances en el terreno de la libertad a través de la apertura de nuevos mercados. Yo creo que es un arma de doble filo. Por un lado, es positivo que las mujeres puedan desenvolverse en público, que se les permita conocer a gente por sí solas, salir con alguien sin tener que esperar con su madre y su tía a que un tipo aparezca en su casa. Eso permite que las mujeres se expresen con mayor iniciativa. Por otro lado, en la época anterior al dating, las mujeres eran las anfitrionas. La mujer recibía al hombre que venía a verla. Tenía que invitarlo. Hay cierto poder social que va aparejado a eso, una sensación reconfortante de que tu familia se encargará de protegerte. Se juega en tu terreno.

    En el libro, rechaza la noción de que los roles de la mujer como ama de casa que se encarga de la familia y el hombre que compite por el trabajo y el dinero en la esfera pública estén programados en nosotros. ¿Cómo se desarrollaron, económica e ideológicamente esos roles?

    Me hace gracia, porque mi respuesta es… Por el capitalismo. Si hubiéramos ido a una granja en 1600 y les hubiéramos dicho a los que vivian ahi: ‘Bueno, lo que él hace es trabajo, pero lo que hace ella, matar a la gallina, cocinarla para cenar, tener a los hijos, criarlos y luego acompañar al marido a trabajar en el campo, eso no es trabajo’, su respuesta sería: ‘Menuda estupidez’. Todo forma parte del mismo proceso, del mismo esfuerzo colectivo. Pero al surgir el trabajo asalariado y la industrialización, nacen toda una clase de trabajos que tienen lugar fuera del hogar, reservados para hombres, y con ellos la noción de que las mujeres no trabajan. Como cuenta Silvia Federici, crece en paralelo todo un discurso filosófico que construye la idea de que los hombres y las mujeres son completamente diferentes. Hoy en día, nos resulta muy difícil desnaturalizar esas presunciones, que tienen siglos de vida. Es un producto de la organización del trabajo que surge con el capitalismo industrial y pervive con la sociedad de consumo del siglo XX, aunque empieza a agrietarse. Quizá ahora, con la digitalización y la precarización del trabajo, las cosas cambien. Sinceramente, no lo sé.

    Otro aspecto de esa comercialización de la vida, del que habla en el libro, es el desarrollo y socialización del gusto. ¿En qué medida tiene relación la inclinación estética con el desarrollo de las citas?

    En los años 20, empiezan a surgir la moda barata y el maquillaje y toda una serie de productos que ayudan a expresar el gusto. Aparecen también las revistas de tirada nacional, lo que contribuye a establecer paradigmas estéticos de buen o mal gusto. De la mano del consumismo, surge una enorme masa de población que se observa y se atrae en la esfera pública. Y surgen también todas estas industrias, que ayudan precisamente a atraer y atraerse. Hoy en día, sucede algo parecido con los me gusta de las redes sociales y las aplicaciones de citas, en las que el gusto sirve para estructurar un protocolo por el que se busca gente con la que salir. Y todo esto tiene mucho que ver con la clasificación de la gente por criterios de clase, y la estratificación de clase de la sociedad.

    Si alguien dice, me encanta Wallace Stevens, o David Foster Wallace, esa persona probablemente estudió en una universidad cara y elitista, de artes liberales. Hay un montón de estudios que demuestran que la gente tiende a escoger de manera abrumadora a otra gente de su clase social en as aplicaciones de citas como Tinder, a menudo guiándose sólo por fotografías. Existe toda una semiología visual sobre cómo señalar eso. Si me aparece un chico musculoso y engominado, con el pelo para arriba, sabré automáticamente que pertenece a una clase social diferente a la mía. En Estados Unidos, la calidad de la dentadura es otro barómetro que sirve para determinar la clase de cada uno. De manera subconsciente, telegrafiamos y decodificamos todas esas señales sobre el origen social. Antes, en el mundo anterior a las citas, el rabino elegía a alguien de una familia como la tuya o un hombre adecuado de tu misma clase para que viniera a cortejarte. En ausencia de esas estructuras articuladas explícitamente para emparejar a la gente de acuerdo con su procedencia social, el gusto cobra un papel mucho más importante. Pero es obvio que el gusto no solo refleja la clase, sino también las aspiraciones de clase.

    Escribe además acerca de la erortización de la actividad comercial. ¿En qué consiste ese fenómeno, y qué efecto tuvo en la vida amorosa de la gente?

    Una vez que se le empieza a vender a la gente cosas que realmente no necesita, se hace imperativo añadir cierto atractivo erótico a esas cosas. Pero lo fascinante es cómo, poco a poco, la cultura va erotizando el trabajo en sí mismo. A partir de los años 50, las mujeres se reincorporan al mercado de trabajo. Tener una carrera se vuelve sexy. La oficina se vuelve sexy. Una se pone toda suerte de atuendos de trabajo, y empieza a flirtear.

    En cierto modo, las realidades del dating, el flirteo y las relaciones que se forman en la oficina contribuyen a la idea de que todos debemos amar el trabajo, que es una idea muy esclavizante y que, irónicamente, nos deja sin tiempo para disfrutar del sexo o las relaciones de pareja. Hace poco, entrevisté a una ejecutiva de Silicon Valley para un artículo. Me contó que había contratado a un matchmaker al que pagaba 100.000 dólares al año por encontrarle novio, porque, según me dijo, no tenía tiempo para buscarlo ella. Me tuve que morder la lengua para no preguntarle: ‘Pero, ¿tienes tiempo para una relación de pareja?’ Amamos tanto el trabajo que no tenemos tiempo de hacer nada más que trabajar. Y también tenemos que pensar en todo como si fuera trabajo. Me refiero a la manera en que la gente concibe las dietas, o el ejercicio, o ciertos proyectos como si fueran productivos. No se nos permite limitarnos a pasarlo bien. Todo tiene que quedar subsumido dentro de alguna lógica productiva.

    La gente cada vez se casa menos, o más veces, o más tarde, y se divorcia más. ¿Qué le ha sucedido a la cita ahora que el matrimonio no está, necesariamente, al final del camino del romance? ¿Se ha vuelto más casual?

    En EEUU, solo los blancos ricos heterosexuales se casan en proporciones significativas. El matrimonio también tiene su estratificación de clase. Si has estudiado en Columbia, o Harvard, y tienes ciertos ingresos, es mucho más probable que te cases, y más improbable que te divorcies que la gente de tu clase hace una generación. Por otro lado, la gente sin estudios superiores ya casi no se casa, lo cual tiene sentido económico, dadas sus circunstancias.

    Tiendo a pensar que todos estos supuestos problemas morales son, básicamente, económicos o materiales. Durante décadas, se ha patologizado desde la política a los negros en Estados Unidos por no casarse. Ahora se hace con los blancos pobres. Pero creo que es solo un reflejo de la precariedad e incertidumbre a la que se enfrentan estos grupos. En las citas, igual que en todo lo demás, hay dos Américas.

    Estoy de acuerdo en que el hecho de que el matrimonio no esté necesariamente al final del camino genera nuevas posibilidades y libertad, pero también da lugar a ansiedades nuevas. No sé si nos hace más felices.

    Escribe que el trabajo influye en nuestras citas, y viceversa. ¿En qué se manifiesta esa relación mutua?

    De dos maneras, fundamentalmente. En primer lugar está la más obvia y literal: el tiempo que la gente pasa trabajando, desde dónde lo hace, etc, influye en nuestra vida romántica. Antes la gente decía: ‘Te paso a recoger a las seis’. Ahora, ¿quién sabe cuándo terminará de trabajar? Así que ya nos escribiremos mensajes.

    De manera algo más abstracta, las ideas que tenemos sobre el valor económico están imbricadas en cómo nos enfrentamos al sexo y al amor. Hoy en día, está totalmente asentada la noción de que el mercado y sus leyes deben gobernar nuestra vida sexual e íntima. Pero ese concepto hubiera resultado muy alarmante en 1800. Frases como hard to get, o estar en el mercado reflejan cómo aplicamos el lenguaje de la economía a su vida sexual o amorosa. Se habla de optimizar una cita, del coste-beneficio de una relación. Son términos de mercado, cada vez más extendidos, en especial ahora que nos toca negociarlo todo en el terreno romántico. En la universidad, por ejemplo, reina el pánico entre los profesores y padres en torno a la cultura del lío. Lo curioso es que, mientras les decimos a los estudiantes que se preparen para un mundo en el que nada será permanente, en el que siempre habrá opciones y riesgos nuevos, mientras les decimos que sean flexibles en el trabajo y la vida, nos echamos las manos a la cabeza porque no tienen parejas estables y se acuestan todos con todos.

    Eso nos lleva directos al argumento central del libro, que es que las citas son, en sí mismas, una forma de trabajo, tanto físico como emocional. ¿Puede explicar a qué se refiere?

    Por supuesto. La inspiración vino de la tradición marxista feminista que analiza el trabajo doméstico y los cuidados como actividades económicas no remuneradas. Lo mismo sucede con las citas, que conllevan toda clase de actividades económicas, bien de trabajo o de consumo, como ir de compras, ir al gimnasio, mantener los perfiles de redes sociales o el maquillaje.

    Escribe sobre cómo a su generación se le ha enseñado que el feminismo es algo que “ya pasó”. ¿Cómo es posible que las mujeres no sean completamente libres en lo relativo al sexo y al amor, después de la revolución de los 60?

    Esa revolución sexual tuvo muchas limitaciones. Creo que fue una revolución negativa, en el sentido de que se centró en destruir ciertas normas sociales. Eso no es malo, pero es insuficiente. Se destruyeron ciertas formas o restricciones que era necesario destruir para avanzar en la libertad de todos, pero no se hizo suficiente hincapié en la persistencia de ciertas dinámicas de género. Dentro del Summer of Love, hubo quien se preguntó: ‘Bueno, ¿y ahora quién limpia la comuna?’ Obviamente, tu novia. Quizá sea yo la anticuada, pero creo que mucho de esto tiene que ver con las condiciones materiales. Las mujeres siguen ganando mucho menos que los hombres. En una sociedad sin apoyo social o del Estado para criar a los hijos, las consecuencias recaen desproporcionadamente en las mujeres. Si te limitas a eliminar todas las reglas del momento, dejando intactas las desigualdades estructurales preexistentes, terminas en una situación en la que todo el mundo tiene la libertad de usar a todo el mundo. Pero, precisamente por las desigualdades preexistentes, eso quiere decir que algunos tienen más libertad para usar a los demás que otros. La generación de los hombres del 68 se limitó a vivir las fantasías Playboy de sus padres reprimidos. Hay que abolir el género.

    Ha mencionado que no quería hablar solo de parejas heterosexuales. ¿Qué hay del colectivo LGBT, y en particular la comunidad queer? ¿En qué medida su historia del dating es diferente de la de los heterosexuales? En el libro habla de cómo han abierto camino en muchos ámbitos, y pone de ejemplo la aplicación Grindr.

    Siempre han sido pioneros, sí. Lo cierto es que durante el periodo que cubre este libro, que es casi en exclusiva el siglo XX, todo lo que hacían los queer en el terreno romántico o sexual no se tenía en cuenta como dating. No se reconocía ni legalmente, ni tampoco existían instituciones comercialmente orientadas hacia el colectivo gay. Esto ha cambiado algo con el movimiento por el matrimonio gay y sus victorias en los últimos años, pero durante la mayor parte de la historia de las citas románticas, los LGBTQ han estado en la sombra. Lo irónico es que, como apuntabas, la gente LGBTQ siempre ha estado en la vanguardia en lo relativo al sexo y el romance. En los años 20 y 30, desde luego, organizaban las mejores fiestas. Además, se produce un fenómeno de apropiación, de manera que cada vez que hay un grupo queer haciendo algo interesante, en el momento en que el fenómeno crece lo suficiente como para llamar la atención de las corporaciones, y que estas vean una oportunidad de negocio, lo colonizan de alguna u otra manera. Grindr, el precursor gay de Tinder, es un ejemplo. Otro es la cadena, TGI Fridays, en la que un tipo heterosexual tuvo la idea de hacer un bar gay para heteros, y se forró. Hay una gran creatividad y fortaleza crítica en los márgenes del dating.

    Si queremos una tercera revolución sexual, o una revolución sexual mejor, la gente más preparada para llevarla a cabo es la de orientación sexual no normativa.

    ¿Tiene algo que ver el hecho de que dichos colectivos no acarreen la losa de la tradición cultural que llevan consigo los heterosexuales, que coarta a menudo la libertad y resulta esclavizante, como viene describiendo a lo largo de esta charla?

    Es muy probable. En el libro analizo cómo muchos de nuestros problemas románticos tienen su raíz en las construcciones de género binarias. Precisamente por eso, observar las citas entre el colectivo queer resulta muy clarificador. A menudo, los consejos para las citas escritos para gente heterosexual son muy abusivos y desagradables, incluso inhumanos. Los hombres juegan a ese juego, y las mujeres siguen las normas. No es el caso de los consejos para gente queer. Y eso deja claro lo destructivos que son los roles de género mercantilizados y fantasiosos que son hegemónicos entre los heteros. Una vez que se sale de ese impasse definido por los roles de género preestablecidos, todo es mucho más fácil, mucho mejor y humano; fluye la comunicación. El problema es, en gran medida, el género. Las distinciones radicales de género son lo que tenemos que abolir, para encontrarnos los unos con los otros como seres humanos.

    AUTOR

    • Álvaro Guzmán Bastida

      Nacido en Pamplona en plenos Sanfermines, ha vivido en Barcelona, Londres, Misuri, Carolina del Norte, Macondo, Buenos Aires y, ahora, Nueva York. Dicen que estudió dos másteres, de Periodismo y Política, en Columbia, que trabajó en Al Jazeera, y que tiene los pies planos. Escribe sobre política, economía, cultura y movimientos sociales, pero en realidad, solo le importa el resultado de Osasuna el domingo.

  • Cañizares: “Adoctrinar a los niños en ideología de género es una maldad”

    En una homilía que leerá este domingo, el arzobispo de Valencia hace un llamamiento para frenar la “colonización” que pretende el Gobierno valenciano al promulgar su ‘Ley Trans’. No le gustaría que los políticos se convirtieran “en dictadores o tiranos”

    MADRID.- El arzobispo de Valencia, Antonio Cañizares, ha promulgado una carta pastoral en la que sostiene que educar a los niños en ideología de género es “una maldad”.

    El semanario Paraula avanza esta homilía que Cañizares leerá el próximo domingo en misa, donde el arzobispo arremete contra las políticas de género en general, y del Gobierno valenciano en particular.

    El ejecutivo autónomo ha enviado a las Corts para su aprobación el proyecto de ley integral del reconocimiento del derecho a la identidad y expresión de género, conocida en su manera abreviada como Ley Trans.

    Bajo el título La gran urgencia: salvar la familia, Cañizares considera que la educación de los niños en materia de género es “adoctrinar”, o más concretamente colonizar conciencias.

    Cañizares cita al Papa Francisco, quien tildó de colonización la ideología de género y denunció “es maldad que hoy se hace en el adoctrinamiento de la ideología de género”.
    “Consecuentemente -remacha el arzobispo-, adoctrinar a los niños en ideología de género es una maldad”.

    “Es preciso no cruzarse de brazos”, sostiene Cañizares mientras alerta que la Comunidad Valenciana “pretende imponer, a modo colonizador de las conciencias y aún por la fuerza, esta ideología mediante una legislación inicua que se encuentra en estos momentos en las Cortes Valencianas”.

    Cañizares pide “a quien corresponda que repiensen las cosas y no vayan contra el hombre ni contra la familia. Todavía estamos a tiempo. Los considero auténticos demócratas, y no me gustaría que se convirtiesen en dictadores o tiranos”.

    “Están jugando con fuego”

    El arzobispo hace un llamamiento a “padres, asociaciones que tienen que ver con la familia, a políticos, a comunicadores y periodistas, a educadores, y a quienes me quieran escuchar, que nos adentremos en la lectura fiel del magisterio de la Iglesia, sobre el hombre y la familia, y que con lucidez, libertad, respeto y decisión lo apliquemos en su extensión y hondura”.

    En la homilía, Cañizares sostiene que la familia “es el centro de nuestra civilización del amor” y sólo la defensa de la familia abrirá el camino hacia dicha civilización y hacia “la afirmación del hombre y su dignidad, hacia la cultura de la vida superando la tenebrosa cultura de la muerte que con tanto poderío nos amenaza”.

    “No ayudar debidamente a la familia -explica el religioso- constituye una actitud irresponsable y suicida que conduce a la humanidad por derroteros de crisis, deterioro, destrucción y corrupción de graves e incalculables consecuencias. Algunas posiciones están jugando con fuego, y ya nos estamos quemando”.

    Cañizares se ampara en su derecho a la libertad de expresión para criticar las políticas de género emprendidas en la Comunidad Valenciana, así como la libertad religiosa, la objeción y la libertad de conciencia.

  • Cañizares dice que “adoctrinar” a los niños en ideología de género “es una maldad”

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    El arzobispo de Valencia, el cardenal Antonio Cañizares. MAO

    El cardenal arzobispo de Valencia, Antonio Cañizares, ha pedido a las instituciones autonómicas valencianas que “repiensen” la aplicación de la Ley sobre ideología de género, que en estos momentos se encuentra para su tramitación y aprobación en las Cortes Valencianas.

    “Tenemos que luchar por la dignidad de las personas y contra todo tipo de discriminación, pero negar la diferencia biológica entre varón y mujer no es ir a la solución, y por tanto, cuestiona que los proyectos legislativos que fomentan la ideología de género eviten la discriminación de los colectivos vulnerables a los que se dirigen”.

    Por ello, ha apelado “a quienes tienen la capacidad de decidir sobre esta cuestión. En defensa de la democracia que nos dimos en España, con los derechos y libertades que tutela, pido con la mano tendida que no actúen por imposición. Mi esperanza y así lo pido a quienes considero auténticos demócratas, es que repiensen las cosas, con responsabilidad, sosiego y prudencia de gobierno”.

    El Arzobispo ha destacado que “no actúo reactivamente en contra de nadie, ni de ninguna legítima Institución o rechazando a nadie, actúo únicamente a favor y únicamente en defensa del ser humano y de la familia en coherencia con la fe que anima a la Iglesia”.

    Además, la Iglesia defiende la igualdad de derechos de hombres y mujeres, y promueve las garantías para que las mujeres no sean víctima de abusos físicos, sexuales o de orden moral. Esa lucha contra la discriminación se extiende a todos los colectivos, porque la Iglesia enseña la dignidad de todo ser humano”.

    De igual modo, el cardenal ha añadido que “la lucha contra la discriminación no llegará a través de este tipo de legislación” y ha manifestado que, “como Obispo y como Pastor, apelo a la libertad religiosa en virtud de la cual actúo, a la objeción y libertad de conciencia, y a la libertad de expresión. No es sólo una cuestión de fe confesional lo que defendemos, es una cuestión de razón humana, en la que todos nos sentimos concernidos.

    Por otra parte, el cardenal Cañizares se ha referido a “una necesaria política familiar y una genuina educación en todo lo que contribuya a fortalecer la familia” y ha insistido en que “se requiere urgentemente conjuntar e impulsar múltiples iniciativas aportando ideas, propuestas, instrumentos operativos al servicio de la promoción de la verdad y el bien de la familia y de la vida”.

    A este respecto “son necesarias muchas cosas”, y a ellas apunta el papa Francisco, por ejemplo a propósito de la ideología de género, que ve como un desafío a la familia, cuando dice en su Exhortación sobre la familia, que “esta ideología presenta una sociedad sin diferencia de sexo, y vacía el fundamento antropológico de la familia. Esta ideología lleva a proyectos educativos y directrices legislativas que promuevan una identidad personal y una intimidad afectiva radicalmente desvinculadas de la diversidad biológica entre un hombre y una mujer”.

    El Papa Francisco también la ha definido como una “colonización ideológica” aseverando que el adoctrinamiento de la ideología de género es una maldad.

    El Cardenal ha pedido que “educadores, escritores, políticos y legisladores, no pueden dejar de tener en cuenta que gran parte de los problemas sociales como la delincuencia juvenil, la droga, la prostitución o la violencia contra la mujer, tiene sus raíces en los fracasos o carencias de la vida familiar. Por tanto, animo a que acabemos con las contradicciones que en este sentido se han producido en nuestra sociedad agravando estos problemas, cuando casi han buscado el descrédito y el deterioro de la institución familiar”.

    De igual modo, ha invitado a “las asociaciones que tienen que ver con la familia, a políticos, a comunicadores y periodistas, a educadores, y a quienes quieran implicarse, que nos adentremos en la lectura fiel del magisterio de la Iglesia, sobre el hombre y la familia, y que con lucidez, libertad, respeto y decisión lo apliquemos en su extensión y hondura”.

    Asimismo, ha destacado que “nuestra posición es defender la Doctrina Social de la Iglesia sobre la familia, y por tanto, promover los derechos de la familia, el derecho a la vida y difundir la verdad de la sexualidad humana”.

  • El cardenal Cañizares: “Adoctrinar a los niños en ideología de género es una maldad”

    El arzobispo de València critica que el Consell “pretende imponer, a modo colonizador de las conciencias y aún por la fuerza, esta ideología

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    Antonio Cañizares EFE

    l cardenal arzobispo de València, Antonio Cañizares, reemprende su lucha contra el colectivo LGTBI, ahora a razón de la  Ley integral del reconocimiento del derecho a la identidad y expresión de género en la Comunitat Valenciana, y especialmente por su adaptación y normalizacion en los centros educativos. Ante esta nueva etapa el arzobispo clama en el semanario diocesano ‘Paraula’ contra la Ley afirmando que “adoctrinar a los niños en ideología de género es una maldad”.

    Según avanza el diario  Levante-EMV Cañizares insta a “actuar” y “no cruzarse de brazos” ante una norma que aboca a “la destrucción de la familia” y vuelve a cargar contra el consell de PSPV y Compromís. Así advierte que “nuestra Comunidad Valenciana que, como otras ocho comunidades autonómicas españolas, pretende imponer, a modo colonizador de las conciencias y aún por la fuerza, esta ideología mediante una legislación inicua [malvada, injusta, contraria a la equidad] que se encuentra en estos momentos en las Cortes Valencianas”.

    Antonio Cañizares ante la nueva legislación insta a los políticos del Consell a que “repiensen las cosas y no vayan contra el hombre ni contra la familia. Todavía estamos a tiempo. Los considero auténticos demócratas, y no me gustaría que se convirtiesen en dictadores o tiranos”. No obstante el purpurado quiere añadir presión social pidiendo ayuda e implicación “a padres, asociaciones que tienen que ver con la familia, a políticos, a comunicadores y periodistas, a educadores y a quienes me quieran escuchar”.

    La conclusión del arzobispo es que “no ayudar debidamente a la familia constituye una actitud irresponsable y suicida que conduce a la humanidad por derroteros de crisis, deterioro, destrucción y corrupción de graves e incalculables consecuencias”.

    Antecedentes

    No es la primera vez que Cañizares carga duramente contra la “ideología de género”. Así cabe recordar que, en el acto de ‘desagravio’ a la virgen de los Desamparados, afirmó que “hay ideologías que matan al hombre, como la ideología de género, que todo lo fija en lo que decide el hombre y desaparece Dios y la Naturaleza”, asegurando además que es “la peor de todas las ideologías de la historia”.

    Entonces el purpurado ya apelaba a la objeción de conciencia de los católicos: “es obligación ante la ley de Cristo”, añadiendo que “es preciso que reaccionéis, no podéis tener miedo”.

  • Kelly Mantle hace historia en los Óscar al optar a mejor actor y mejor actriz por el mismo papel

    El intérprete se define como «de género fluido», y se siente por igual actor y actriz

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    Kelly Mantle, en una escena de «Confessions of a Womanizer».

    Kelly Mantle puede el próximo 21 de enero hacer historia en los Oscars. Ese día se publican las candidaturas a las estatuillas, y Mantle opta a los premios a mejor actor y mejor actriz secundarios por un mismo papel, el que interpreta en la película «Confessions of a Womenizer» («Confesiones de un mujeriego»).

    Mantle, un actor y drag-queen conocido por su participación en el reality-show «RuPaul’s Drag RAce», se define a sí mismo como de «género fluido» -es decir, que no se siente hombre ni mujer-. Ante esta situación, los productores de la película decidieron, con la aquiescencia de la Academia, presentarle como candidato en las dos categorías: actor y actriz de reparto.

    Nacido hace cuarenta años en el estado de Oklahoma, Kelly Mantle es músico además de actor y drag-queen. Tiene publicados tres álbumes: «Ever Changing» (2002), «Rock-N-Glow» (2004) y «Satellite Baby» (2006). Ha trabajado en una decena de películas y en diversas obras de teatro y televisión, pero obtuvo la popularidad por su participación como concursante en la sexta temporada de «RuPaul’s Drag Race». En «Confesiones de un mujeriego» interpreta a una prostituta transexual. En su cuenta de twitter, Mantle dijo sentirse «honrado» por esta consideración en su carrera.

    «Confessions of a Womenizer» cuenta la historia de un arrogante mujeriebo (al que interpreta Andrew Lawrence) que entabla amistad con el personaje de Mantle. Ha obtenido premios en festivales de cine independiente como High Desert, Los Angeles Underground y Tupelo.