El crimen homófobo que inspiró ‘It’

En los horrores de Stephen King hay mucho más que payasos: el asesinato de un joven gay en Bangor, su ciudad, fue una de las influencias decisivas para su historia

“Pinta tu aldea y serás universal”, escribió León Tolstoi. Y, aunque Stephen King no tenga mucho en común con el escritor ruso, sí lo ha leído a fondo y le ha sacado mucho partido a esa máxima. Sin ir más lejos, It no deja de ser una descripción a fondo de Bangor, la ciudad de Maine en la que el bestsellerista más popular de EE UU reside desde hace décadas. A través de los chavales del Club de los Perdedores (y también de sus versiones adultas, esas que llegarán próximamente al cine), King aprovechó su novelón para describir con detalle dicha localidad (33.000 habitantes en su casco urbano: lo que se dice una metrópolis), tanto sus cines y bibliotecas como sus barriadas obreras, sus descampados o un sistema de alcantarillas con fama de ser el peor de la toda Nueva Inglaterra. Y en el cual, si hacemos caso al autor, habita un horror cósmico e inmencionable.

Así pues, si hubiese que resumir It (la novela), podríamos decir que va sobre una ciudad que se come a la gente. Y, para aniquilar a sus habitantes, Derry (el nombre con el que King rebautizó a Bangor en su libraco) adopta formas muy diversas. Sobre las fuentes de inspiración para estas apariciones asesinas se ha escrito mucho, y más aún ahora que la adaptación de Andrés Muschietti va camino de ser el filme de terror más taquillero de la historia. Por ejemplo, es público y notorio que el payaso Pennywise (Bill Skarsgård en la película) está basado en John Wayne Gacy, el asesino en serie que asesinó a 33 chavales entre 1973 y 1978, y que actuaba como clown en fiestas benéficas. Pero hay otra historia de la que no se habla tanto, y que influyó muchísimo en It. 

¿De qué se trata? Pues del asesinato de Charlie Howard, un chico de 23 años que murió en 1984, cuando King llevaba ya tres años dándole forma a su obra magna. Y murió de una forma bastante horrible, además: tras propinarle una paliza, un grupo de adolescentes lo lanzó al río Kenduskeag, pese a sus súplicas. El motivo de dicho ensañamiento fue sencillo: Charlie Howard era homosexual. Sus asesinos lo habían visto salir del único bar gay del pueblo acompañado de su novio y decidieron darle una macabra lección. Durante los años anteriores, Howard había sufrido un acoso constante: no sólo vivía su identidad sin tapujos (algo que, en algunos pueblos y ciudades pequeñas, sigue siendo casi heroico en el día de hoy), sino que también participaba en un grupo parroquial de apoyo a personas LGTB. A resultas de esas actividades, había sido agredido, insultado y represaliado con ‘bromas’ tales como la muerte de su gato.

Protestas y contraprotestas tras el asesinato de Charlie Howard (1984).

Al ser menores de edad, los tres asesinos de Charlie Howard fueron condenados a penas de cárcel casi testimoniales: 22 meses entre rejas, la más larga. Las protestas de la comunidad LGTB corrieron en paralelo a otras, de signo opuesto, organizadas por grupos de extrema derecha. Por otra parte, los periodistas que investigaron sobre el crimen descubrieron que las agresiones homofóbicas en Derry… perdón, en Bangor, eran algo cotidiano. Sólo que, como sigue ocurriendo actualmente en muchos lugares, el miedo a salir del armario y la actitud hostil de la policía llevaban a los agredidos a no denunciarlas. Para un escritor de izquierdas y gayfriendly como Stephen King, aquella historia era material de primera. Y no digamos si estaba escribiendo un novelón en el que pretendía exponer el lado oscuro de su pueblo.

Así pues, Charlie Howard (con el nombre de Adrian Mellon) acabó apareciendo en It, así como sus asesinos. En la novela, el crimen es descrito casi tal cual, con un pequeño añadido de carácter sobrenatural que preferimos no desvelar. En su momento, el caso había llamado la atención del público estadounidense, pero fue el interés de King el que lo convirtió en una causa célebre, elevando a Howard al estatus de mártir LGTB en Nueva Inglaterra.

¿Aparecerá esta historia en la segunda parte de It? Seguramente, sí, porque no hablamos de un incidente aislado, sino de un hecho muy importante en la vida adulta de los protagonistas. Por otra parte, dado el clima político de EE UU en la actualidad, seguro que Andrés Muschietti y los guionistas Chase Palmer Gary Dauberman no desaprovechan la ocasión de mostrar los delitos de odio como una fracción más del mal que acecha en Derry. Porque, si en El resplandor los verdaderos monstruos eran el alcoholismo, la soledad y el miedo a ser un mal padre, el vórtice del horror en It está en la falta de expectativas vitales, la miseria y el secretismo que afectan a quienes viven en una ciudad pequeña, pobre y de provincias. Ante tales espantos, los engendros con rostro de payaso son lo de menos.

GRITO INEQUÍVOCO DE LIBERTAD

La proposición de ley sobre los derechos de las personas LGTBI supone un avance en el quehacer cotidiano de estos colectivos y una mayor protección legal

AITZOLE ARANETA, MIEMBRO DEL CCE DE PODEMOS; DAVID BRAVO; PABLO IGLESIAS, SECRETARIO GENERAL DE PODEMOS; Y SOFÍA CASTAÑÓN, SECRETARIA DE FEMINISMOS INTERSECCIONAL Y LGTBI

 

Unidas Podemos defendió ayer en el Pleno del Congreso la ley de derechos de las personas LGTBI propuesta por los colectivos expertos en la materia. Los escalofriantes datos no hacen sino confirmar la pertinencia de esta ley, valiente y pionera a nivel internacional: son 236 las agresiones registradas en una única comunidad, Madrid, en un único año, 2016, los que demuestran que el ser percibido como LGTBI es aún, en 2017, motivo de burla, estigma, discriminación y agresión. Que, aún hoy, las mujeres lesbianas reciben una atención desigual en la sanidad pública. Que hasta un 90% de las mujeres trans está en paro, que las personas trans en su conjunto son negadas y patologizadas por parte de la sociedad o en su contacto con los servicios de salud, que tener pluma puede ser peligroso si tienes intención de salir a la calle, o que ser LGTBI es el motivo citado como más frecuente en los llamados «crímenes de odio»; son motivos más que suficientes para registrar esta propuesta de ley. Ojalá no hubiera necesidad de esos diecinueve capítulos que la componen y que van acompañados de un repaso histórico y geopolítico de la lucha LGTBI en su preámbulo, junto con las disposiciones transitorias, adicionales, derogatorias y finales correspondientes.

Como estamos orgullosas de la proposición de ley que esta semana defendemos en Pleno, mentamos al elefante dentro de la habitación justo para decir que ya no hay elefante tal. Hablamos de la ley de derechos de las personas LGTBI y del polémico artículo que abría la puerta a la sanción administrativa en casos de expresiones ofensivas o vejatorias, que hace unos meses acaparó la atención y que hoy nuestro grupo parlamentario enmienda sin detrimento del espíritu y valentía de la ley propuesta por los colectivos.

Radica la polémica en dos cuestiones: primero, en la posibilidad de que un órgano administrativo –y no un juez– pueda destruir, borrar o inutilizar libros, archivos, documentos o artículos que considere que contienen expresiones que infringen esa ley. Segundo, que un órgano administrativo –y no un juez– pueda imponer multas por expresiones que considere no amparadas por la libertad de expresión y que entienda que son ofensivas contra las personas LGTBI.

Sobre la primera cuestión hay poco debate: es sencillamente inconstitucional. El artículo 20.5 de la Constitución Española establece claramente que «sólo podrá acordarse el secuestro de publicaciones» en virtud de orden judicial. Teniendo en cuenta que esa cuestión se dio por muerta el mismo día de su nacimiento, es a la segunda a la que se ha prestado mayor atención y la que ha causado revuelo. Algo comprensible, teniendo en cuenta que pretende que la Administración pueda decidir qué es libertad de expresión y qué es ofensa. El riesgo de que sea este órgano quien pueda tener la facultad de trazar la línea que separa la libertad de expresión de la ofensa y de imponer multas según sus propios criterios es evidente. Se trata de una herramienta que rompe el equilibrio de fuerzas entre los distintos poderes hasta el punto de ser intrínsecamente peligrosa, incluso para las personas a las que dice proteger y que hoy se sitúan detrás de la línea de tiro.

No está en debate la necesidad de una ley que proteja los derechos de las personas que forman parte del colectivo LGTBI. Tampoco está en duda que no existe el derecho al mero insulto, menos aún cuando éste tiene su base en la orientación sexual, la identidad sexual/de género, la expresión de género o las características sexuales de una persona. La única cuestión que se señala es el error de creer que ahora es aceptable este atajo de sustraer a los jueces competencias en materia de libertad de expresión –que deben ser exclusivamente suyas– porque, esta vez, es fácil caer en el error de creer que el fin sí justifica los medios.

Es un error porque entonces se abrirían órganos administrativos para la protección de otros colectivos con los que ya no simpatizaremos tanto y será incoherente adoptar otra postura. Es un error porque mañana las compañeras de la procesión del coño insumiso estarán discutiendo ante un órgano administrativo para la protección de las convicciones de las personas religiosas si lo suyo es un insulto o no lo es. Es un error porque mañana Zapata no estará en la Audiencia Nacional sino ante el órgano administrativo creado por el PP para la protección del honor de las víctimas del terrorismo. Es un error porque, en democracia, no se debe ser juez y parte.

Una vez manifestada la convicción de Unidas Podemos de retirar las sanciones administrativas en relación a la expresión de este proyecto de ley, no cabe sino alegrarse por el avance que puede suponer esta iniciativa en el cotidiano de muchas personas, en cosas tan sencillas como el ir con más tranquilidad por la calle o tener una mayor protección legal si lo que te toca es ser la parte excluida de ese conjunto de reglas no escritas que aún rigen nuestro mundo. No cabe sino alegrarse de que todo el tejido asociativo LGTBI abrace ya ese grito de despatologización conjunto que hace diez años exigían los colectivos más alternativos y menos oficialistas del activismo LGTBI y trans. Porque el grito unívoco de libertad que expresa este proyecto de ley es ya una batalla ganada, antes incluso de iniciar su tramitación parlamentaria.

“Un gay es una persona tarada”; las frases de dirigentes del PP que no son motivo de orgullo

España está a la vanguardia en derechos sociales, algo en lo que se avanzó en la etapa de Zapatero. Uno de los mayores logros del socialista fue la aprobación del matrimonio homosexual en el año 2005. Este avance se logró pese a la resistencia del Partido Popular, ya que Mariano Rajoy dejó claro en 2005 que “no podía estar de acuerdo” con la unión de dos parejas del mismo sexo, tal y como él concibe la idea del matrimonio.

A pesar de su firme opinión, el Partido Popular cedió a la presión de la ciudadanía española ante estas ideas. Probablemente le saldría más caro oponerse. La fiesta mundial del Orgullo Gay se celebra en Madrid esta semana.

Pero en la memoria, sin embargo, nos quedan las frases célebres de los no pocos dirigentes conservadores del Partido Popular que no se muestran a la altura de una sociedad que esta semana reivindica por todo lo alto los derechos del colectivo LGTBI. Aquí hacemos una recopilación de algunas de ellas, desde que se aprobó la ley en 2005.

1. Mariano Rajoy

2. José María Aznar

3. Ana Botella, exalcaldesa de Madrid

4. Manuel Fraga: “Hablar del orgullo gay es un error social”

5. Jorge Fernández Díaz

6. Esperanza Aguirre

7. Otros casos

El secretario de Estado de Defensa, Agustín Conde; el alcalde de Pontons (Barcelona), Luís Fernando Caldentey; o la diputada del PP en Catalunya, Montserrat Nebrera; son sólo algunos de los políticos del Partido Popular que continúan la larga lista de discursos homófobos.

Agustín Conde: “El riesgo de que un niño sea violado por sus progenitores en una pareja homosexual es del 29% y en el caso de una pareja heterosexual, del 0,6%”.

Luís Fernando Caldentey: “Un gay es una persona tarada” / “Tal vez los gais no son tarados, pero sí deficientes”.

Montserrat Nebrera: “El matrimonio homosexual es similar a la unión entre dos hermanas, un perro y una señora, o una señora y un delfín”.

De Chechenia a San Francisco, doce meses de información LGTBI en el mundo

Campos de concentración para gays, cuenta cuentos drag para niños o el parlamento con más escaños LGTBI de la historia; estos son algunos de los triunfos y de las derrotas del colectivo en los últimos doce meses

La comunidad LGTBI marcha en El Salvador y exige ley de identidad de género EFE

Chechenia. El gobierno persigue a los homosexuales e incluso se habla de  campos de concentración para gays. Canadá. Las autoridades se ven obligadas a pedir perdón por décadas de represión contra el colectivo LGTBI en las filas de su Ejército. Reino Unido. Las últimas elecciones generales dibujan un parlamento con récord de escaños LGTBI. Estados Unidos. La soldado  Chelsea Manning ha sido liberada y muestra al mundo su nuevo aspecto. Los últimos 12 meses han dejado tremendas noticias que dan lugar al desánimo en la lucha por los derechos LGTBI, pero también esperanzadores testimonios que nos recuerdan que la batalla continúa.

Estas son las historias LGTBI más destacadas de todo el mundo del último año.

En pleno siglo XXI resulta difícil hablar del avance de los derechos LGTBI cuando nos llegan noticias e imágenes que confirman que en Chechenia existen campos de concentración para homosexuales.

Si hubiera gente de ese tipo en Chechenia la policía no tendría que hacer nada con ellos, puesto que serían sus familiares los que les mandarían a un lugar del que jamás podrán regresar”. El que habla (aunque nos parezca increíble) es un portavoz del Ministerio de Interior, y cuando dice “gente de ese tipo” se refiere, en su mayoría, a hombres gays.

La república federal persigue y encierra a personas por su orientación sexual; de hecho, se han llevado a cabo cientos de detenciones de hombres “sospechosos de ser homosexuales”. La sociedad chechena es ultraconservadora y son las propias autoridades las que animan a familiares o amigos de personas LGTBI a que “se encarguen de ellos”.

Rusia, país del que depende esta república (aunque funciona de forma autónoma), es otro de los bastiones homófobos mundiales. Lejos de tomar medidas en el territorio para poner fin a la escabrosa situación, Rusia vive su propio debate en torno a los derechos de este colectivo.

La ley que prohíbe “la propaganda a favor de la homosexualidad entre los menores” impulsada por Putin supone que las autoridades pueden detenerte por exhibir un cartel, una bandera o por gritar un lema. Es por esto que en el país han terminado entre rejas algunos activistas acusados de “faltas diversas”. Incluso el Tribunal de Estrasburgo ha tenido que actuar para que los libere.

Estrasburgo falla que la ley rusa que prohíbe la promoción gay es discriminatoria EFE

La Corte Europea fue tajante: la legislación ideada por Putin en el año 2013 discrimina y vulnera la libertad de expresión, por lo que el Gobierno tendrá que indemnizar con 43.000 euros a los afectados por daños morales.

Si bien Estrasburgo dio un paso de gigante defendiendo los derechos del colectivo y dando una lección a nivel europeo, tendremos que seguir mirando a Rusia de reojo. Su Gobierno, a ritmo de vetos y nuevas leyes, continúa con su senda represiva. Pero de a poco el tejido social ultraconservador ruso se va resquebrajando. Las  imágenes de Putin maquillado y travestido han inundado las redes y se han colado en las calles como forma de protesta. Algo que ha llevado al gobierno, cómo no, a  prohibir su difusión bajo amenaza de prisión.

Esta es una de las imágenes de Vladimir Putin que ha prohibido el Gobierno ruso AP

Pero no todo son buenas noticias en los tribunales europeos. ¿Cómo puede pedirle un juez a un refugiado que demuestre “suficientemente” su homosexualidad para poder obtener asilo en el país? Quizá lo más doloroso sea que esto no ha sucedido al otro lado del mundo, en un pueblo recóndito que se rige por leyes medievales, sino en la liberal  Holanda.

Un tribunal holandés se negó a dar asilo a un refugiado iraquí porque, aun mostrando fotos y hablando de cuántas veces mantiene relaciones sexuales con su actual pareja, no queda claro cuán gay es.

Las asociaciones LGTBI holandesas aseguraron que este no es un caso aislado y que si Sahir Ahmad “vuelve a Irak, será asesinado porque en su país la homosexualidad está prohibida”. “Volver a Irak sería mi fin. Me matarán en el propio aeropuerto. Y si no, ya lo hará mi familia más tarde”, afirmó el joven.

Llegados a este punto, parece complicado ver con optimismo cómo está el panorama mundial. Pero sí, hay trazas de esperanza. Al otro lado del Atlántico una historia similar ha tenido un final justo y feliz. Seidu Mohammed (que perdió todos sus dedos por congelación cruzando la frontera hasta Canadá para pedir asilo) consiguió la residencia canadiense, ya que su vuelta a Ghana –como en el caso de Sahir– supondría una condena a muerte.

Estatua de Alan Turing en Bletchley Park, realizada por Stephen Ketlle en 2007. Richard Gillin. Turing fue uno de los condenados por ser gay

Los gobiernos piden perdón por vejaciones del pasado

Las detenciones y los encarcelamientos de homosexuales en países como India y Tanzania o la región de Chechenia también se producían hace 40 o 50 años en países como Alemania, Reino Unido y Canadá, aunque nos parezca increíble. Hoy, esos países piden perdón e intentan resarcir económicamente a personas que estuvieron entre rejas o fueron despedidas por amar o tener relaciones sexuales con personas de su mismo sexo. Aunque el reconocimiento llega tarde para muchos, que murieron reprimidos y señalados.

El ministro alemán de Justicia anunció que se anularían las sentencias de más de 50.000 hombres que fueron condenados a largas penas de prisión por culpa de una ley del siglo XIX. “La carga de la culpa recae en el Estado”, declaró el ministro Heiko Maas. Estas condenas se produjeron entre los años 1946 y 1969 y, aunque ese año la homosexualidad quedó despenalizada, nunca llegaron a retirarse las sentencias. Este mismo año, en Reino Unido, miles de hombres también fueron indultados, aunque de manera póstuma.

El Gobierno canadiense también pedirá perdón al colectivo LGTBI pero, en este caso, por vetarlo de los servicios públicos. Durante décadas, se les obligaba a dejar el Ejército o sus puestos en los servicios públicos y, además, se les sometía a interrogatorios con absurdas máquinas que se suponía que detectaban la homosexulidad (quizá el tribunal holandés mencionado antes necesitaría uno de estos aparatos). ‘La purga LGTBI’ comenzó durante la Guerra Fría y el último caso que se conoce se produjo dos décadas después de que la homosexualidad fuese despenalizada en el país en 1969.

Algunas de las cuenta cuentos de San Francisco // Cortesía de Panda Dulce

“¿Eres un chico o una chica?”, le preguntó un niño de seis años a una drag queen en una biblioteca pública de San Francisco. Aparte de la  lucha en Carolina del Norte en contra de la ley que impide a las personas trans elegir el baño al que desean entrar y de  la divertida fotografía del profesor del año de Rhode Islandagitando su abanico en el Despacho Oval, la historia de un grupo de drag queens contando cuentos sobre diversidad es una de las noticias más amables que nos llegan desde EEUU.

“Bueno, supongo que nací niño. Pero me gusta vestirme como una chica”, le contestó Honey Mahogany después de una sesión de cuentos. Aunque a los conservadores más radicales esto no les hace ninguna gracia, lo cierto es que tienen pensado seguir contando cuentos de todos los colores en librerías, bibliotecas y escuelas de todo el país.

Sin salir de EEUU, la lucha por la visibilidad transgénero trepó a las portadas de los periódicos con la liberación de Chelsea Manning el 17 de mayo de este año. En su primer comunicado lo dijo alto y claro: “No veo el momento de vivir como una mujer transgénero”. En los últimos siete años, la exsoldado había estado recluida en centros de detención para hombres de Irak, Kuwait y EEUU.

Un primer ministro abiertamente gay

La importancia de los referentes a nivel mundial nos lleva a celebrar que en este año 2017 Irlanda tenga un primer ministro abiertamente gay. Su nombre es Leo Varadkar y su partido Fine Gael, una formación muy modernizada pero, curiosamente, también muy conservadora. El pasado 9 de junio se alcanzó otro hito histórico en Reino Unido: las elecciones dibujaron un Parlamento con un número récord de parlamentarios LGTBI. En total 45 de los 650 pertenecen a este colectivo.

Y mientras que en países como Australia lobbies cristianos tratan de desbaratar el derecho al matrimonio entre personas del mismo sexo, la capital de México ha conseguido sacar adelante una constitución “histórica” tanto para el movimiento feminista como para el LGTBI.

Los últimos doce meses han estado llenos de luces y sombras. Pese a todo, la lucha continúa.

“El asesinato de Harvey Milk fue un sacrificio para los que sobrevivimos”

Harvey Milk, como nuevo supervisor electo, en el desfile del Orgullo, Junio 1978 / Dan Nicoletta

“Si una bala atraviesa mi cerebro, dejad que esa bala destruya las puertas de todos los armarios”. Como un siniestro presagio, Harvey Milk recibió cinco tiros en la cabeza por considerar el respeto a la orientación sexual un asunto de Estado.

Este funcionario de San Francisco había logrado por primera vez movilizar a la multitud LGTB por un fin político: derrocar la iniciativa Briggs, que instaba a despedir a los profesores gays por “tener el perfil de abusadores de niños”.

Ese verano de 1978, las calles rugieron como nunca antes en Estados Unidos durante un desfile del Orgullo. Mientras la masa se colaba por cada recoveco de Castro Street, un muchacho de grandes ojos azules captaba la euforia a través de su objetivo. Daniel Nicoletta se había convertido cuatro años antes en el fotógrafo de campaña de Harvey Milk y pronto empezó a firmar la mejor colección de imágenes del colectivo LGTB.

Las fotografías de Nicoletta celebran la visibilidad tras años a la sombra del armario o, en su caso, de una familia católica y profundamente homófoba. No hay discriminación, solo colores brillantes, besos y muestras de apoyo al primer político abiertamente gay de Estados Unidos. Cuando fueron tomadas eran poco más que un bonito homenaje a una comunidad vapuleada, pero cuarenta años más tarde se han convertido en un símbolo a nivel mundial.

“Espero que mi fotografía sirva como puente a la inspiración para los futuros líderes de esta causa”, dice Nicoletta a eldiario.es. El veterano activista se encuentra estos días en Madrid para celebrar el Orgullo Mundial y presentar su colección por primera vez en nuestro país, que acoge una muestra del Colegio de Arquitectos hasta el 2 de julio.

“Orgullo Mundial, dos simples palabras que conforman un nido para cuestiones mucho más complejas, como los derechos de los transexuales, la lucha por la adopción de las parejas del mismo sexo y otros estigmas que necesitan salir al debate público”, opina. El fotógrafo habla con cariño del pasado y con decisión del futuro, donde deja espacio a los jóvenes para portar la antorcha de los que perdieron la vida luchando.

“La visibilidad siempre ha sido el corazón del movimiento, pero tiene un precio”, dice de la brutal represión que continúa existiendo sobre la comunidad LGTB. Solo en Madrid, cada dos días se registra una agresión por homofobia o transfobia y, al otro lado del charco, masacres como la de Orlando o la aniquilación de los transexuales mexicanos demuestran que la situación no es mejor.

“Es sano que haya resistencia. Siempre la hay cuando una sociedad se encuentra en transición. Hay que conseguir una vía pacífica para reconciliar nuestras diferencias”, reflexiona Nicoletta. Piensa que es un círculo vicioso que se remonta a los años 70, cuando los que se atrevían a reivindicar su pluma se enfrentaban a una buena paliza. “La visibilidad genera una reacción violenta de algunos y esa violencia visibiliza las injusticias”, resume. Lo que no se puede permitir, defiende, es que ese sacrificio quede impune escondiéndose de nuevo en el armario.

“El asesinato de Harvey Milk fue un sacrificio para aquellos que sobrevivimos. Hay que tenerles siempre presentes y obrar para honrarles”, cuenta sobre su buen amigo. Cuando habla del político, Dan Nicoletta vuelve la vista cuarenta años atrás para describir su llegada al barrio de Castro, en San Francisco, donde Milk y los suyos le acogieron en el peor momento de su vida.

Cuidando la huella

El gayborhood, como lo reconoce Nicoletta y los que en los años 70 establecieron allí su santuario de libertad, se considera hoy lugar de peregrinación para todo el colectivo gay. En 1974, un joven de 19 años cruzó el umbral de la tienda Castro Camera sin saber que se estaba adentrando en el centro de operaciones del movimiento LGTB de San Francisco.

Dan Nicoletta empezó a trabajar en el negocio como mozo de almacén, hasta que Harvey Milk observó su don con la cámara y le nombró fotógrafo oficial durante su campaña política de 1975. En Castro, el muchacho aprendió las distintas formas de vivir la sexualidad y que sentirse atraído por gente del mismo sexo no era pecado, como le advertía su educación ultracatólica.

“Harvey y su compañero me atraparon por completo con su carisma”, recuerda el fotógrafo. “Lo bueno de haberme criado sin cariño e inseguro sobre mi sexualidad es que ahora me siento feliz de que se apoye y visibilice tanto a los niños que pasan por lo mismo. Al final fui afortunado, pero me plantee muchas veces el suicidio”, admite como muestra de la importancia de atender a los más pequeños.

Entre los grandes logros de Harvey Milk, Nicoletta rescata el sentimiento de unión y felicidad que transmitía a los que le rodeaban. “La política, a veces tan difícil y negativa, necesita una dosis de diversión para llegar a cambiar el mundo”, afirma sin dudarlo. Él quiso captar esa satisfacción con su cámara y espera que ahora sirva de combustible a las nuevas generaciones. “La aparente frivolidad es solo una forma de romper los tabús y de animar al resto: salid, está bien ser como sois, y divertíos”, razona.

También considera el Orgullo como parte inherente de la visibilidad y, por tanto, de la política. “Gracias a esto, el grueso de la sociedad conoce los detalles de nuestra vida y puede decidir qué grado de compromiso quieren alcanzar”, piensa el activista. Según él, las personas LGTB tienen en su mano el poder de cuidar la huella para épocas venideras. “En eso, lo considero análogo al movimiento medioambiental. La gente del colectivo debe ser muy consciente de su impacto y crear un mundo más seguro, pero sin olvidar la foto grande. Es decir, a los mayores que pelearon antes o a los otros países que aún reivindican sus derechos humanos más básicos”, dice respecto a los 80 países donde la homosexualidad es condenada como un delito.

“Cuando me vaya de este mundo, quiero haber dejado una huella bonita como hombre y como gay”, sentencia. De momento, Harvey Milk, Grace Jones, Allen Ginsberg y otros miles de hombres y mujeres desconocidos quedarán para siempre en la memoria de la lucha LGTB gracias a sus fotografías. Puede que no exista una huella mejor.

‘Plumofobia’, así es la homofobia entre gays que se multiplica en Internet

http://www.elmundo.es/f5/comparte/2017/06/27/5950fa0a46163f5d4b8b465d.html

 

Dentro del mundo LGTB no es ninguna novedad. El discriminado hace tiempo que se ha convertido también en discriminador. Lo que ya venía siendo una tendencia al alza en el universo offline parece haber encontrado el acomodo perfecto en la esfera virtual, donde los casos de homofobia entre gays se han multiplicado con las nuevas plataformas y aplicaciones sociales.

Un estudio realizado por Cal Strode, en el que participaron 280 homosexuales de Estados Unidos y Reino Unido, dejaba poco lugar a la duda. El 37% de los gays que se autodefinía sin pluma afirmaba que los gays con plumamanchan la imagen de los homosexuales en general. Aun más llamativo era el dato que indicaba que el 35% de los homosexuales que no se veían en absoluto afeminados se identificaba más con la comunidad heterosexual al considerarla “menos extravagante”. Por si esto fuera poco, en las conclusiones de este informe se podía leer que cuatro de cada 10 gays que aseguraba no tener pluma renegaba por completo de la lucha contra la homofobia.

Encontrar ejemplos de plumofobia dentro del mundo LGTB es relativamente sencillo. Tan sólo hace falta darse una vuelta por alguno de los locales de ambiente leather, S/M u oso y leer lo que rezan muchos de los carteles de promoción de sus fiestas. En éstos es fácil encontrar advertencias del tipo “sólo tíos machos”, “abstenerse locas y plumas” y otras perlas similares. Allí, muchos ya lo saben, los hombres afeminados están muy mal vistos.

Marc Gómez, uno de los bloggers más sensibilizados con lo que él denomina LGTB-fobia, define la plumofobia como una suerte de “miedo y rechazo a la pluma” o “miedo y rechazo a los hombres afeminados”. El italiano Andrea Puggeli, otro activista, profundiza en este asunto y sostiene que “la plumofobia va en contra de aquellas personas que se salen de sus roles de género: contra las mujeres que no hacen lo que tienen que hacer las mujeres y contra los hombres que no hacen lo que se supone que deben de hacer los hombres“. Una reflexión que enlaza directamente con el cada vez más mediático concepto de heteropatriarcado, entendido como sistema socio-político en el que el género masculino y la heterosexualidad gozan de una supremacía latente y donde el binarismo de género hombre / mujer y sus desequilibrados roles son los que configuran la realidad social.

Discriminación a los roles de género

En uno de sus comunicados, la Asociación Respeta LGTBH, que en reiteradas ocasiones se ha manifestado incómoda y contraria a las etiquetas y a los estereotipos, explicaba así lo que ellos advierten como la percepción generalizada en relación a los homosexuales con pluma: “La sociedad percibe la pluma de gays y lesbianas como elemento inherente a su orientación sexual. Así lo exhiben los medios de comunicación, que al final son los que consolidan las opiniones de la masa. Por eso, la gente presume heterosexual a quien no tiene pluma. Esto invisibiliza a bisexuales y homosexuales sin pluma y, por qué no decirlo, a heterosexuales y bisexuales con pluma que son automáticamente catalogados como gays y lesbianas”.

Sobre este último asunto ya avisaba hace un par de años la guía Abrazar la diversidad, elaborada por el Instituto de la Mujer, donde se alertaba de la incipiente discriminación relacionada con los roles de género entre jóvenes de 15 a 19 años denunciando en sus conclusiones que “los hombres que no son percibidos como suficientemente masculinos sufrirán el insulto homófobo, al igual que las mujeres que no sigan los mandatos de la feminidad”.

Más allá de la plumofobia, la discriminación creciente dentro del mundo gay no afecta exclusivamente al asunto de los roles de género. Cada vez son más los homosexuales que están señalando la discriminación racial que se da en las aplicaciones para ligar. Allí, es tan fácil encontrar usuarios a la caza de hombres negros en busca del estereotipado rol de chico duro y dominante, como otros que no tienen reparo alguno en redactar en sus bios observaciones tan hirientes como “negros no”. Lo mismo que sucede con asiáticos, latinos o gitanos.

¿Autodesprecio?

Joan es un ex usuario de lo que denomina como “apps de folleteo”. Desencantado, decidió borrarse su perfil debido a la fauna que merodea por estos escaparates humanos. Allí, comenta, suele ocurrir que muchos de los que incluyen en sus descripciones de búsqueda aquello de “no negros”, “no asiáticos”, “sólo gimnasio”, “sin pluma” y otros requisitos que califica como “absurdos, excluyentes e inaceptables”, son los mismos que se construyen perfiles con identidades falsas y, a menudo, sin fotografía. “Bajo el anonimato que ofrece la cibermáscara se permiten unas licencias que en la vida real no se atreverían a tomar“, agrega, lamentando que, “desgraciadamente, igual que hay muchas mujeres machistas, también hay mucha homofobia dentro del mundo gay”.

Otro de los temas que Joan pone sobre la mesa, y que tampoco suele tratarse con frecuencia en relación al colectivo LGTB, es la misoginia que se da en ambientes abiertamente gays y más concretamente en locales en los que se trata de evitar -cuando no se prohíbe- la entrada de mujeres. Tres cuartos de lo mismo ocurre en los cada vez más concurridos festivales de ambiente en los que sólo son bienvenidos hombres musculados. Bajo el pretexto de crear espacios temáticos destinados a satisfacer los deseos de una minoría lo que encontramos son, a menudo, minorías discriminando otras minorías.

La manida frase “yo no tengo nada en contra de los gays, pero con las locas no puedo”, que seguro casi todos hemos escuchado alguna vez en boca de un heterosexual, parece haberse extendido llamativamente dentro del propio colectivo LGTB. Javier Sáez y Sejo Carrascosa, en su Elogio de la Pluma, son tajantes a la hora apuntar las posibles causas de esa latente homofobia dentro y fuera del mundo gay: “Muchos de esos supermachos plumófobos tienen más pluma que un edredón noruego, con lo cual uno se pregunta si no habrá también una pizca de autodesprecio inconsciente en ese rechazo visceral a la pluma del otro”.

1977: El día en que la homosexualidad salió de la clandestinidad para tomar la calle

Asistentes a la primera manifestación homosexual en España, organizada por el FAGC el 26 de junio de 1977 EFE

A los pocos días de las primeras elecciones democráticas tras la muerte de Franco, una organización clandestina convocó una manifestación en las Ramblas de Barcelona que sería también histórica. Era el Front d’Alliberament Gai de Catalunya (FAGC), que por primera vez en España tomaba la calle para reivindicar los derechos de gays y lesbianas. “Teníamos que conseguir libertad en el momento en que el resto de la población alcanzara libertad”, recuerda Eliseu Picó, uno de los fundadores del FAGC. Por eso después de la llamada a las urnas del 15 de junio de 1977, organizaron su primera manifestación el domingo 26.

El movimiento, por supuesto, no nace en ese momento. Desde 1970 se había ido articulando una respuesta a la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social que aprobarían ese año las Cortes franquistas. Era una evolución de la Ley de Vagos y Maleantes, que provenía de la República pero a la que en 1954 se incorporó la homosexualidad. En ese contexto se organiza lo que más tarde vendría a ser el Movimiento Español de Liberación Homosexual (MELH), y sus impulsores envían primero cartas anónimas a los obispos presentes en las Cortes y más tarde, con el apoyo de la revista francesa Arcadie, hacen llegar a todos los miembros de la cámara información sobre homosexualidad y ley.

“Fue el primer éxito que nos dio coraje para seguir, porque hubo un debate en las Cortes y la ley ya no perseguía a los homosexuales por el simple hecho de serlo, sino a quienes cometieran actos, en plural, de homosexualidad”, explica Armand de Fluvià, uno de los impulsores de ese movimiento. A partir de ahí el MELH siguió su trabajo, y en 1972 empezó a publicar una revista, Aghois, que se enviaba por correo desde Francia a los “valientes suscriptores” y pretendía romper con la soledad de los homosexuales.

Si bien las fuerzas del orden no perseguían activamente a los homosexuales de la misma manera que a los militantes políticos, sí había detenciones, y cárceles destinadas a este fin en Badajoz y Huelva. “Básicamente a partir de denuncias de familia y de vecindario”, explica Jordi Petit, fundador de la Coordinadora Gai-Lesbiana de Catalunya y más tarde secretario general de la International Lesbian and Gay Association (ILGA). “Ese período significó problemas de autorechazo y autohomofòbia, de no aceptarse, y más en una cultura nacionalcatólica donde la iglesia imponía una determinada moral”, apunta. Él mismo aceptó la recomendación de ponerse el silicio para “educar la voluntad”.

La represión durante el franquismo, sin embargo, no afectaba de igual manera a hombres y mujeres. “Como siempre, las mujeres tenemos una sexualidad que no es reconocida, que se considera subsidiaria de la masculina, y por tanto en el caso de las lesbianas quedaba todo más escondido, sin nombre, también en cuanto a la persecución, y aún hoy cuesta conseguir la visibilidad lesbiana”, apunta Mercè Otero, militante feminista y miembro de Ca la Dona.

La necesidad de salir a la calle

En este contexto, el cerco alrededor del MELH se fue estrechando. En 1973 Armand de Fluvià recibió una llamada de alguien que decía que quería recibir la revista Aghois. Reconoció la voz de Vicente Juan Creix, de la Brigada de Investigación Social de la policía, y supo que ya habían descubierto de dónde salía la publicación. “Les dije a los chicos que nos habían pillado y que teníamos que disolver los grupos, y sólo mantuvimos el que editaba la revista, que duró hasta el año 75, poco antes de morir Franco”, explica.

Con la muerte del dictador el movimiento hizo un cambio importante. “Si bien el MELH era un movimiento reformista, con muchos de los que éramos y muchos más que reunimos, fundamos el Front d’Alliberament Gai de Catalunya (Frente de Liberación Gay de Catalunya), que era un movimiento revolucionario, con un manifiesto todavía muy vigente que fue la base para todas las otras organizaciones que se formaron después en toda España”, explica Fluvià. El cambio de nombre representaba la adopción de una perspectiva antipatriarcal y anticapitalista, y una estrategia frentista, que acabaría llevando el movimiento a salir a la calle.

Eugeni Rodríguez, que fue portavoz del FAGC desde 1985 y hoy preside el Observatori Contra l’Homofòbia, explica el carácter de esta nueva organización: “El emblema del FAGC es muy claro, tenemos el triángulo equilátero invertido, que era el símbolo que se ponía a los homosexuales en los campos de exterminio nazis, para recordar de dónde venimos; tenemos las cuatro barras, porque nos reivindicamos de una tierra oprimida, que es Catalunya; y el puño alzado, porque es una lucha que se hace desde una perspectiva obrera”.

El FAGC empezó a salir a la calle para acompañar las otras luchas sociales del momento. La primera vez fue en la manifestación por la amnistía convocada por la Assemblea de Catalunya en 1976. “Salimos con miedo, con una pancarta tapándonos hasta los ojos, y en cambio nos encontramos aplausos en todas partes, ningún insulto ni nada, todos nos aceptaban, y eso nos alentó”, recuerda Armand de Fluvià. A partir de aquí el FAGC empezó a hacer acto de presencia en el Día de la Mujer, el Primero de Mayo, en la Diada de Catalunya y mítines por la mayoría de edad a los 18 años o por el derecho al divorcio. Hasta que con las redes de apoyo tejidas con todo tipo de movimientos se vieron con fuerzas para convocar su propia manifestación.

Una manifestación unitaria

En la primera marcha por los derechos LGTBI que tenía lugar en el Estado, lo que pedía el FAGC, en ese momento todavía una organización ilegal, era la derogación de la Ley de Peligrosidad y Reforma Social, y a pesar de la represión la respuesta fue muy amplia. “La convocaba el FAGC pero nos añadimos enseguida movimiento feminista, movimiento vecinal, sindicatos y partidos, y allá no había sólo militantes políticos y gays y lesbis, también matrimonios y parejas heterosexuales, porque se había contagiado mucho esta lucha antirrepresiva, y la gente respondía”, explica Empar Pineda, militante feminista lesbiana y en ese momento dirigente del Movimiento Comunista. “Fue una manifestación muy unitaria y te sentías muy acompañada, y vale la pena recordarla aunque se haga una cada año”, añade Mercè Otero.

La marcha subió las Ramblas de Barcelona casi enteras. “No nos lo pensábamos y llegamos casi hasta el final, en la Fuente de Canaletas”, recuerda Eliseu Picó. Fue entonces cuando la policía dispersó la manifestación con golpes y balas de goma. “La presencia de los grises hacia la mitad de las Ramblas hizo que la gente se empezara a dispersar, y quien hizo de escudo y nos protegió fueron transexuales y travestis, a quienes no habíamos dejado ocupar la cabecera de la manifestación porque nos preocupaba la imagen”, lamenta Pineda. “Las feministas decían que aquello era una caricatura de la mujer objeto y los gays decían que esto nos sacaba la seriedad, sólo después hemos visto que aquello fue un error”, remacha Jordi Petit.

Una vez el movimiento tomó la calle ya no paró, y este 1 de julio se celebrará la 40ª manifestación por la liberación LGTBI en la ciudad de Barcelona, que  resiste con un fuerte carácter político a la sombra del Pride. Al año siguiente el FAGC sufrió su primera escisión, con la formación de la Coordinadora de Col·lectius per l’Alliberament Gai (CCAG), de carácter más libertario, y las pocas lesbianas que militaban abandonaron la organización para integrarse en el movimiento feminista. Por otra parte, la manifestación de 1978 tuvo réplicas también en Madrid, Bilbao y Sevilla y a finales de ese año se consigue la retirada de la homosexualidad de la Ley de Peligrosidad y Reforma Social.

En 1979 el FAGC convocará la manifestación reivindicando la legalización de las organizaciones gays, que finalmente se conquista en 1980. Desde entonces el movimiento ha tenido altos y bajos con multiplicidad de organizaciones y reivindicaciones, pero todos los que lucharon entonces coinciden en reivindicar la importancia de ese momento histórico y que hoy todavía queda mucho por hacer para combatir la LGTBIfobia.

Los barrios «gay-friendly» más populares del mundo

Lugares en los que no es necesario esconderse ni ocultar las muestras de afecto en público, se han convertido en destinos ideales para el turismo LGTB. Hoy nos paseamos por los barrios gay-friendly más populares del mundo.

 

El turismo LGTB o gay-friendly se ha visto incrementado en los últimos años, potenciando aquellos lugares donde todas las personas pueden disfrutar sin problema de su tiempo de ocio y vacaciones, sin importar su orientación sexual, de manera que el fomento de la integración resulta uno de sus principales objetivos.

Lugares en los que no es necesario esconderse ni ocultar las muestras de afecto en público, pues la aceptación social de la homosexualidad es mayor, se han convertido en destinos ideales para el colectivo LGTB. De tal forma, en las zonas urbanas, destacan los barrios gay-friendly más populares del mundo. Hoy nos paseamos por algunos de ellos para disfrutar de su libertad, su diversidad y su multiculturalidad en estupendos entornos.

 

Grachtengordel (Ámsterdam)

Ámsterdam (Holanda) es uno de los primeros destinos homosexuales del mundo. En pleno centro de la ciudad, en el barrio de  Gratchendgordel, se encuentra más de un centenar de establecimientos dirigidos al colectivo LGTB. Cada primer fin de semana de agosto se celebra la fiesta del Orgullo Gay de Ámsterdam (Amsterdam Gay Pride), que atrae a numerosos visitantes cada año.

Destaca el Homomonument, un monumento conmemorativo, erigido en 1987, en memoria de las víctimas del nazismo formado por tres triángulos de granito rosaque simbolizan aquellos que los nazis obligaban a coser a los prisioneros homosexuales en sus uniformes.

 

Barrio de Castro (San Francisco)

El centro de la comunidad LGTB en San Francisco (Estados Unido) es el barrio de Castro, cercano a la colina donde se encuentra el famoso mirador de Twin Peaks. Su zona más emblemática se extiende entre Castro Street y Market Street hasta la calle nº19. En este hermoso rincón de San Francisco se encuentra el GLBT History Museum, primer museo gay de Estados Unidos, y otro monumento conmemorativo en el Parque del Triángulo Rosa en recuerdo de las víctimas homosexuales asesinadas por los nazis.

Se cuenta que, durante la Segunda Guerra Mundial, el ejército de los Estados Unidos destinó a esta ciudad a miles de hombres a los que no permitieron combatir por su condición homosexual. Muchos de ellos se instalaron en Castro y la comunidad empezó a crecer en el ambiente de libertad y respeto que tanto la caracteriza.

 

Le Marais (París)

El barrio gay-friendly de París es Le Marais. En pleno centro histórico de la ciudad, donde se encuentran destacados museos, Le Marais cuenta con centenares de locales nocturnos, hoteles, bares, restaurantes, saunas y comercios pensados para el público LGTB, además de ser un lugar multicultural donde siempre vale la pena perderse.

 

San Telmo (Buenos Aires)

Uno de los destinos preferidos del turismo homosexual es Buenos Aires (Argentina). Y es que esta bella localidad cuenta con zonas gay-friendly como el barrio de Palermo, el de Recoleta y el de San Telmo. Este último, plagado de un ambiente bohemio en el que destacan las galerías de arte, tiendas, bares, clubes y salones de tango, es el centro de la movida nocturna.

El barrio de San Telmo es uno de los más antiguos de la ciudad, con sus calles adoquinadas y sus edificios decimonónicos, además de contar con algunos de los salones de tango más grandes de la capital argentina.

 

Schöneberg (Berlín)

Los berlineses albergan una de las comunidades LGTB más grandes de Europa. Sus primeros locales se inauguraron en el barrio de Schöneberg, durante los años veinte del siglo XX. En la esquina de la plaza Nollendorf y la calle Einemstraße se ubica el Centro de Homosexuales de Berlín (Mann-O-Meter), mientras que en las calles MotzstraßeKleiststrasse y Martin Luther Strasse se puede disfrutar de la mayor concentración de pubs y bares.

 

Gayxample (Barcelona)

En la zona céntrica de Barcelona se localiza el que se ha convertido en otro de los principales destinos turísticos gais europeos: el Gaixample, también conocido como Gayxample.

En este barrio han proliferado establecimientos orientados al colectivo LGTB, como comercios de ropa, bares, restaurantes y locales de ocio nocturno. En el año 2003, se inauguró aquí el primer hotel gay-heterofriendly del mundo: el lujoso Axel Hotel.

 

Greenwich Village (Nueva York)

Nueva York es una de las ciudades de Estados Unidos con mayor número de homosexuales. Aquí, la zona gay-friendly más famosa se encuentra en Greenwich Village, un barrio bohemio, situado en el bajo Manhattan, donde algunos establecimientos permanecen abiertos hasta altas horas de la madrugada.

La calle Christopher, donde se ubican numerosas tiendas y clubs para homosexuales, como el Stonewall Inndonde se inició en los años sesenta el movimiento por los derechos de gais y lesbianas, son las rutas imprescindibles en un barrio en el que se rodaron series míticas como FriendsSexo en Nueva York y Mad Men.

 

Barrio Alto (Lisboa)

En Lisboa (Portugal), el ambiente LGTB se congrega alrededor de la Praça do Principe Real y la Praça Luís de Camões, por el hermoso Barrio Alto, con numerosos bares, cafés, locales nocturnos y saunas. Es aquí donde se puede ir a bailar a la famosa discoteca Lux, propiedad del actor norteamericano John Malcovich. Además, cada año, Lisboa acoge una celebración para no perderse: el Festival Internacional de Cinema Queer.

 

Church Wellesley Village (Toronto)

La Gay Parade más popular de América del Norte se celebra cada año en Toronto(Canadá), subvencionada tanto por las instituciones públicas como por las empresas privadas. El barrio más importante de la comunidad LGTB en esta ciudad canadiense es Church Wellesley Village, donde se ubican numerosos restaurantes, bares, comercios y clubes nocturnos, además de ofrecer todo un crisol de actividades culturales.

El colectivo LGTB está integrado de tal forma en la ciudad que a nadie sorprenden las grandes vallas publicitarias protagonizadas por el mismo, así como sus inconfundibles señalizaciones.

 

10 Chueca (Madrid)

Si de barrios gay-friendly del mundo se trata no podemos olvidar Chueca, en Madrid, uno de los más famosos del continente europeo. Galerías de arte, terrazas, librerías, comercios, cadenas de moda, establecimientos de restauración y sus locales nocturnos lo han convertido en un referente en todo el mundo.

Cada año, este barrio madrileño celebra por todo lo alto el Día del Orgullo Gay. El 23 de junio se iniciarán además los actos del WordlPride Madrid 2017, que se extenderán por otros lugares de la capital. En el programa de actividades destaca la programación de la Manifestación Mundial del Orgullo LGTB, que se estima que será la más grande del mundo.

 

Escritora y redactora gallega. Autora de los libros Las nueve piedras y El Libro del Único Camino, así como de numerosos relatos en revistas de género, colabora asiduamente con sus artículos y columnas de opinión en diversos medios digitales. Con la pasión y la curiosidad que la caracterizan, descubre el mundo a través de su historia, su cultura, sus lugares y sus gentes para difundir y compartir todo tipo de sensaciones y hallazgos. Porque todo viaje comienza con un solo paso.

¿I de invisible? No, de intersexual

La I es la letra más olvidada del colectivo LGTBI EFE

Está bajo el paraguas del colectivo, pero sigue siendo la letra más olvidada de sus siglas. Ha sido la última en incorporarse a LGTBI, la forma de nombrar la diversidad sexual y de género más frecuente, sin embargo, a pesar de estar cada vez más presente en medios, discursos, conversaciones y pancartas, sigue siendo menos visible que el resto y la pregunta se ha convertido en habitual: “¿Qué significa la I?”.

La I de LGTBI hace referencia a las personas intersexuales, que según define la organización Human Rights Watch son aquellas que nacen con características sexuales que no encajan con las nociones binarias típicas de los cuerpos considerados masculinos o femeninos. “La intersexualidad se utiliza para definir a un amplio abanico de situaciones que a veces incluso no se perciben físicamente en el momento del nacimiento”, explica la jefa de pediatría del Hospital Ramón y Cajal de Madrid, Beatriz García Cuartero.

La comunidad médica suele contabilizar más de 40 variaciones intersexuales que pueden mostrarse en los cromosomas, los genitales, las hormonas o en órganos sexuales secundarios. Así, entrarían casos como el de una persona con genitales considerados femeninos, pero que internamente posee testículos; un bebé que nace con el clítoris más grande de lo habitual o una persona que tiene células con cromosomas XX y otras con cromosomas XY, entre otros ejemplos.

“Hay muchos tipos, algunas incluso no son visibles, algo que provoca que haya personas que se mueran sin saber que son intersexuales y otras que lo descubran, por ejemplo, la primera vez que les hacen una ecografía o en la adolescencia con los cambios corporales”, explica Daniel J. García, jurista especializado en intersexualidad y autor del libro  Sobre el derecho de los hermafroditas (ed. Melusina).

En la publicación, J. García analiza cómo el tratamiento de las personas intersexuales ha pasado del ámbito jurídico al médico al culminar con las investigaciones del psicólogo John Money, que inspiró en los años 70 los actuales protocolos por los que se rige el tratamiento de la intersexualidad. El investigador sentó las bases de las intervenciones quirúrgicas que suelen realizarse a bebés intersexuales con el objetivo de asignarlos a uno u otro género.

¿Qué suele ocurrir cuando nace un bebé intersexual?

La doctora  García Cuartero explica que cuando nace un bebé con características intersexuales un equipo multidisciplinar de profesionales se encarga de “valorar la situación de cada paciente y la posible necesidad de cirugías. Estas se realizan en momentos diferentes dependiendo de las características” de cada persona. J. García considera estas operaciones en su mayoría “mutilaciones genitales” porque “la práctica médica hegemónica no lo ve como una muestra de la diversidad humana y propone cirugías invasivas e irreversibles para adecuar las características físicas”.

Así le ocurrió a Lucía Pérez (nombre ficticio) y su marido, cuando hace dos años y medio dio a luz a su bebé. La criatura nació con características intersexuales, lo que motivó que “al día siguiente los médicos vinieran a la habitación y nos dijeran que había que operarle porque había nacido con una fusión en los genitales”, explica. Sin embargo, “nos dieron poquísima información, solo que lo iban a hacer allí mismo”, prosigue Pérez, que prefiere no dar el nombre del hospital ni la ciudad en la que tuvo la experiencia.

“Cada vez que venían a la habitación nosotros nos negábamos porque no había razones médicas, la criatura estaba sana”, explica la mujer, que insiste en que en aquel momento no sabían lo que estaba ocurriendo. Siete días después fueron citados para realizar al bebé una analítica “que derivó en que el médico le cogió, le desnudó y le midió los genitales con una regla. Fue ahí cuando nos informaron de que tenía una malformación que se arreglaba con una operación normalizadora y que si le educábamos en ese sentido –hombre o mujer– eso es lo que sería”.

Al llegar a casa, Pérez y su marido comenzaron a buscar información en internet para descubrir que su bebé era intersexual. “Pasamos por un proceso en el que nos sentimos muy solos porque, aunque desde el principio rechazábamos la operación por un motivo que no es médico sino estético, piensas que solo te está pasando a ti”, dice Pérez. “La falta de información, el secreto y el silencio es habitual. Te dicen que es mejor que ni se lo cuentes a tu criatura ni a su entorno”, explica.

La oposición de organismos internacionales

En ocasiones existen razones relacionadas con la salud para intervenir a los bebés, e incluso hay situaciones que requerirán control médico en el futuro –el bebé de Laura y su marido le hacen una vez al año una ecografía de sus gónadas–. Pero hay otras denunciadas en las que son los estereotipos de género los que motivan las cirugías. Estas han sido objeto de denuncias por parte de la ONU, que las tacha de “innecesarias” en dos informes y asegura que pueden tener “consecuencias físicas o psíquicas” o provocar discriminación y estigma.

Por su parte, Amnistía Internacional presentó el pasado mes de mayo el informe  En primer lugar, no perjudicar circunscrito a Dinamarca y Alemania en el que denuncia que  los bebés intersexuales “corren peligro de ser sometidos a una serie de intervenciones médicas innecesarias, invasivas y traumatizantes”. Este tipo de operaciones, recoge la organización en su estudio, pueden tener “efectos potencialmente dañinos”, explica.

“Hay muchas personas que llegado un punto rechazan el sexo que les han construido o cuando se enteran piensan que les hubiera gustado ser consultadas”, apunta J. García, que apuesta por esperar y dejar que sea la propia persona intersexual la que decida en el futuro. El jurista cree que lo que hay detrás de la mayoría de intervenciones médicas es un sistema “que necesita constantemente definir a las personas en un binario” y si no lo hacen “son sometidas a violencia”.

Estas violencias, explica J. García, “proceden del mismo foco que las que sufren otras personas del colectivo LGTBI. Es decir, la idea de construir un modelo heterosexual binario y ser penalizado cuando no respondes a sus cánones afecta igual a una lesbiana que a un intersex”. Sin embargo, prosigue, “existe un debate dentro del colectivo intersexual sobre la pertinencia de estar o no en el LGTB porque en ocasiones se priorizan unas luchas sobre otras y a veces es meramente testimonial”.

La invisibilidad y el silencio, tanto dentro como fuera del colectivo LGTBI, es uno de los primeros estigmas con los que las personas intersexuales quieren romper. Para ello, analiza Pérez, “es necesario que los médicos, que son las cabezas de turco del sistema, y a los padres, que tienen que tomar una decisión difícil en un momento complicado, entiendan que existe la genitalidad diversa y la diferencia humana”.

Por su parte, J. García indice en que “es fundamental el desarrollo de una legislación que garantice la prohibición de este tipo de cirugías” cuando no atienden a razones de salud “tal y como hace Malta, Chile y la Comunidad de Madrid”, explica el experto, que denuncia que a pesar de que en la región española se han prohibido estas prácticas “existe opacidad y no sabemos qué está pasando”.

EL GÉNERO NO ENTIENDE DE EDAD

La figura de un hombre maduro que se afirma como mujer transexual, y a veces además lesbiana, cuestiona muchas normas establecidas, produciendo a menudo rechazo e incomprensión. El imaginario colectivo carece de referentes positivos, sobre todo en el caso de las personas que transitan ese camino siendo ya adultas.

Yo era más hombre que muchos de los hombres que andan por la calle. Un verdadero macho que sabía imponerse, con un cuerpo digno de un culturista y los brazos tatuados. Jamás me sentí atraída por los chicos. Siempre me han gustado únicamente las mujeres». Zenia tenía 5 años cuando por primera vez le pusieron una falda. Alguien trajo ropa para su hermana pequeña y ella sirvió de modelo. Lo pasó en grande. No entendía por qué tuvo que quitarse la falda antes de que su padre volviera del trabajo, pero comprendió que solo a escondidas podría sentirse otra vez feliz.

Zenia creció en un barrio en el que las disputas se resolvían a menudo a golpes. Tenía que saber defender su terreno. Pero la lucha más difícil fue la que llevaba dentro, contra la mujer interior que no quería irse. Se enamoró a los 18 años. Pensó que todo iba a ser «normal», pero la mujer que tenía dentro volvió a la carga. Decidió presentársela a su novia y poco a poco la incorporaron a la vida de pareja.

De cara a la sociedad ella era Álex, conductor de excavadoras. En casa surgía Zenia, vestida con sus prendas de chica. «Yo me sentía muy bien con esa ropa. Pero el mundo exterior te manda otro mensaje. Te hace pensar que es algo malo y finalmente dudas de ti misma», explica.

«Muchas mujeres transexuales adultas viven todavía como hombres de cara a la sociedad –explica Rosa M. Almirall, ginecóloga y cofundadora de Trànsit, un servicio que se creó en Barcelona en el 2013 para asistir a las personas transexuales–. En su adolescencia ni se planteaban que algún día podrían vivir de acuerdo con su verdadero género. Asociaban la transexualidad a la marginación, la prostitución o la enfermedad. Estas mujeres han hecho todo un desarrollo profesional y familiar asumiendo el papel masculino. Pero en su intimidad, buscan momentos que les permitan expresar su feminidad y durante años conviven con los dos roles, hasta que llega un momento en que la necesidad de afirmarse es imparable».

Zenia: «Una voz me dijo ‘¡Mátate!’». En Zenia, esta doble vida desató una espiral de sentimientos muy contradictorios. El bienestar que le procuraba la ropa femenina se entremezclaba con una sensación de culpa: «Intenté hacerme aún más machote. Me tatué los brazos y me dejé perilla. Quería asegurarme de que cuando me pusiera un vestido vería que no cuadraba con mi cuerpo. Que yo era todo un hombre y debía quedarme con eso y seguir tirando».

Un día, mientras conducía la excavadora, se oyó decir a sí misma: «¡Mátate!». Fue el detonante y entendió que tenía que hacer algo. La psicóloga le recetó pastillas contra la depresión. Dos años más tarde, Zenia seguía sin entender lo que le pasaba y, aunque oyó hablar de mujeres transexuales, no se identificaba con ellas. A ella le gustaban las chicas. Un artículo en internet le abrió los ojos: «Por primera vez leí que una mujer transexual puede también ser lesbiana. ¡Finalmente las cosas encajaban!». El sentimiento de culpa iba desapareciendo y Zenia empezó a disfrutar realmente de su feminidad. A veces iba a casa de su amiga Yolanda, con ropa femenina en una bolsa. «Me cambiaba allí y pasábamos el tiempo charlando. La primera vez que le expliqué lo que me pasaba se levantó y me trajo ropa suya».

Cuando sufrió un accidente laboral, se dijo que había llegado el momento de las decisiones. Tomó un mes para reflexionar sobre su vida y se fue a una ciudad donde nadie la conocía. «Por la noche, vestida de mujer, paseaba por las calles para ver cómo me sentía –explica–. Y entendí que no podía fingir más ser un hombre». De vuelta a Barcelona descubrió EnFeme, un espacio privado donde personas como ella pueden expresar su género sin sentirse juzgadas. Allí también conoció a Soraya, una psicoterapeuta que le ayudó a tomar confianza en sí misma. Poco después Zenia empezó el tratamiento hormonal.

El primer golpe vino desde la Unidad de Trastorno de Identidad de Género (UTIG), donde acudió porque quería seguir su tratamiento bajo el control de un endocrinólogo. Necesitaba también un informe de un psicólogo para poder cambiar su DNI. «Después de quince minutos de entrevista, la psicóloga me diagnosticó como travesti-fetichista, solo porque le dije que tenía novia. Me negó todo lo que le pedía. Yo ya sabía muy bien quién era pero, incluso así, salí a la calle muy afectada».

El largo y duro camino legal. La experiencia de Zenia no es algo aislado, es una situación que los colectivos transexuales denuncian desde hace tiempo. Incluso aunque desde el 2007 las personas trans pueden cambiar su DNI en el Estado español sin necesidad de operarse, la ley mantiene un procedimiento psiquiátrico y psicológico obligatorio para otras etapas de la transición. Para poder cambiar el carnet de identidad, acceder a las hormonas o someterse a una operación es necesario obtener un diagnóstico de disforia de género. Según los colectivos transexuales, para elaborar esta diagnosis se usan criterios muy rígidos que definen de antemano un ideal transexual y la realidad de trans, dicen, es tan diversa como la de cualquier otro grupo humano.

«Hay un abanico de posibilidades de cómo puedes ser, desde un hombre supermacho hasta una mujer superfemenina –explica Zenia–. ¿Por qué yo tengo que elegir entre los dos extremos? A mí me apetece quedarme en una de las escalas intermedias. Me gustan las chicas y estoy orgullosa de mi identidad transgénero. Disfruto de lo que tengo femenino y me perdono mi lado masculino. ¿Por qué tengo que pensar que es un problema?».

Zenia pudo cambiar sus papeles y acceder a las hormonas gracias a la ayuda de Trànsit, pero en localidades donde no existe un servicio similar las mujeres trans todavía tienen que someterse a procedimientos psicológicos obligatorios. «El carácter obligatorio de las evaluaciones psicológicas no tiene ningún sentido –subraya Rosa Almirall–. De las personas adultas que acuden a Trànsit, solo un 20% pide un acompañamiento psicológico durante la transición. La gran mayoría tiene muy claro quiénes son y para ellas la evaluación obligatoria resulta muy penosa».

Gracias a la lucha de los colectivos trans, las cosas empiezan a cambiar poco a poco. «En Catalunya, el departamento de Salud anunció en octubre pasado que se adoptará un nuevo modelo de atención a las personas trans –explica Eric Sancho, de Generem!, asociación creada en Barcelona en el 2015–. El cambio incluye, entre otros, que no se hará ningún examen psicológico obligatorio. Ahora es cuestión de determinar el protocolo e implementarlo».

A nivel estatal, a principios de mayo se aprobó en el Congreso un proyecto de la ley de igualdad LGTBI que va en la misma dirección. «Es importante –subraya Eric Sancho– por si hubiera un cambio de Gobierno, porque los partidos ya se han comprometido».

Pero otros cambios son también necesarios. «Hace falta quitar todos los estigmas y estereotipos sobre las mujeres transexuales, que existen también entre los profesionales de salud –matiza Almirall–. La transexualidad puede aparecer en cualquier familia, independientemente de su estatus social, religión o posición política. Cualquier persona se puede encontrar con alguien que quiere hacer la transición. Otra cosa es que se atreva a decirlo. Hay todavía mucha gente escondida».

Tina: «Estoy aquí dentro, ¡sácame de aquí!». Tina también pasó gran parte de su vida luchando contra su feminidad interior. Hoy tiene 48 años. «Cada momento de mi vida iba acompañado de la idea de no estar en mi papel –explica–. Es como si alguien te hubiese puesto frente a una película: sabes que estás dentro, pero es como si mirases una película. Estás siguiendo un guion que no es tuyo. Hablaba con la gente y, mientras les escuchaba refiriéndose a mí en masculino, una voz dentro de mí decía: ‘¡Que soy yo! ¿No lo ves? Estoy aquí dentro, ¡sácame de aquí!’».

Un día, siendo todavía adolescente, grabó un mensaje en una casete, copió el contenido en un papel y escondió ambos de manera que cualquiera hubiera podido encontrarlo. «Quería que alguien lo oyera, lo leyese, y que ‘la bomba’ explotara. No pensé en lo que iba a pasar después. Solo quería que esto saltase ya y no encontraba otra manera».

Pero la bomba no explotó y Tina tuvo que guardar su secreto muchos años más. Se enamoró a los 18 años y también pensó que todo se iba a arreglar. Pasaron dieciséis años, un divorcio y otra relación. La sensación de que algo no cuadraba volvía cada vez con más intensidad y la mujer que llevaba dentro buscaba una salida. A veces, Tina imaginaba cómo podía ser su vida si dejara libre el ser que vivía en su interior. Pero el horizonte se llenaba rápidamente con los peores presagios: prostitución, marginación: «No tenía ninguna gana de ser prostituta ni de divertir a la gente. Quería mantener mi vida y mi trabajo. Solo quería liberarme de este cuerpo que no era mío».

Muchas mujeres trans prefieren aparcar su transición por miedo a perder su trabajo: el proceso puede durar hasta cuatro años y, durante este tiempo, temen ser expuestas al rechazo. Otras optan por iniciar el tratamiento cuando, por ejemplo, están en paro, sin que nadie lo sepa y así poder construir de cero una nueva vida. Encontrar un trabajo después ya es otra cuestión, dado que la transfobia es muy aguda en el mundo laboral. La Federación Es&bs;pañola de Lesbianas, Gais, Transexuales y Bisexuales estima que el colectivo acusa una tasa de paro de entre el 60% y el 80%.

A Tina un problema de salud le hizo replantearse su vida. Tenía 41 años y se dio cuenta de que le podía pasar cualquier cosa en el momento menos esperado y no quería llevarse su secreto a la tumba. Sabía que la transición iba a ser dura y decidió buscarse «aliados». En cada entorno eligió a una persona a la que se sentía más cercana y habló primero con ella. «Tina me invitó un día a casa a tomar café –recuerda Mari Carmen, una de sus vecinas y su gran amiga– y, con su aspecto masculino, me dijo que, en realidad, era una mujer. Mi primera reacción fue mirar alrededor, por si había una cámara escondida por algún lado».

Aunque hoy lo recuerdan entre risas, al principio cada una de estas discusiones requería mucho valor por parte de Tina. «Hace falta mucha fuerza para imponer al mundo tu verdadero yo. Nadie te apoya, nadie te ayuda y hay muchas que terminan suicidándose. Hace dos años estuve en el entierro de una amiga. Oficialmente era un hombre de 68 años que se colgó y no es verdad. Era una mujer transexual pero nadie lo sabrá jamás».

Faltan todavía muchas cosas para que la situación de estas mujeres mejore. Tener más referentes positivos es seguramente una de ellas. En este sentido, el encuentro con Nati fue decisivo para Tina. «La conocí al principio de mi transición. Es dueña de una peluquería, vive desde hace años muy feliz con un hombre y sus mejores clientes son gitanos que requieren sus servicios para sus bodas. O sea, ¡algo que jamás me iba a imaginar!».

Hace ya 26 años que Tina trabaja en la misma empresa. Desde hace más de un año, como agente cívico (servicio de apoyo a la Policía) recorre los barrios más turísticos o problemáticos de Barcelona. «La gente sigue pensando que una mujer transexual sirve solo para una cosa. Por eso me da tanta satisfacción llevar ahora mi uniforme, para que vean que no estamos en la calle solo para dar precios». Otro freno muy importante que impide a muchas mujeres trans empezar su transición es el miedo a perder a su familia. «La mayoría de parejas de estas mujeres tienen un imaginario muy negativo sobre la transexualidad. A menudo, de entrada, lo rechazan –explica Almirall–. En cuanto a los niños, no todos lo saben y entre los que están al tanto de la situación, solo un 5% la acepta».

Carol: «Fue una suerte que lo entendiese estando jubilada». Carol tiene 71 años. Cuando decidió «salir del armario», de un día para otro se vio en la calle con dos maletas en la mano. Cuarenta años de matrimonio se terminaron con un divorcio en cuestión de días.

Desde fuera, la vida de Carol parecía solucionada: dos hijos, una casa grande, piscina privada y coches de competición. Trabajaba como comercial de ventas en la empresa de su suegro y, poco a poco, subiendo escalones, llegó a ser director general del consejo administrativo. Pero en su interior la necesidad de afirmar su feminidad crecía con el tiempo. Hasta que llegó un momento en que no pudo más: «Es como con el champán. Cuando sacas el corcho todo explota con fuerza y no lo puedes parar. Estuve toda mi vida viviendo con la creencia de que era un bicho raro. Pero cuando entendí quién era, ya no podía dar marcha atrás».

Desde muy pequeña Carol sentía atracción por la vestimenta femenina y, cuando se quedaba sola en casa, corría a probarse las prendas de su madre y su hermana. Mientras duró su matrimonio se compraba la ropa a escondidas. Poco a poco empezó a contárselo a su mujer. «Ella no estaba de acuerdo ni lo entendía, pero lo toleraba mientras que, de cara al exterior, se mantuviera el secreto. Todo cambió cuando decidí hacer la transición», cuenta. Empezó el proceso hace apenas siete años. ¿Por qué tardó tanto? «Me tocó vivir mi juventud en un ambiente cerrado y muy fascista. Yo misma no sabía lo que me pasaba. E incluso si era el caso, ¿a quién hubiera podido decir que era una mujer transexual? En el mejor de los casos te daban una paliza. En el peor te metían en una celda para que los hombres disfrutaran contigo. Dentro de lo malo, quizás fue una suerte que entendiese todo cuando ya estaba jubilada. Si hubiera sabido antes qué pasaba conmigo, mi vida probablemente habría sido muy diferente. Seguramente nunca habría llegado a ser director general y, a lo mejor, ni siguiera hubiera podido mantener un trabajo cualquiera. Por lo menos ahora no temo por mi porvenir».

Lina y Ali, más allá del género. Por suerte no todas las transiciones conllevan rupturas afectivas tan dolorosas. El ejemplo de Lina y Ali demuestra que es posible dar el paso sin perder la familia. Ellas se conocieron hace más de 24 años. Hasta hace poco Lina, que hoy tiene 44 años, cumplía como podía con su papel de hombre y padre. Por dentro, cuenta, libraba una batalla contra sí misma y solo en carnaval se daba el permiso de salir a la calle vestida de mujer. Finalmente, un día le explicó a su esposa que quería hormonarse y empezar un proceso de transición. «No quiero en mi vida al hombre amargado de antes –dice Ali–. No éramos felices ni sinceras la una con la otra. Ahora Lina disfruta de una nueva juventud y yo me siento como si me hubiera dado una nueva vida».

Todavía quedaba contárselo a su hijo. Un día, mientras Lina jugaba con él, el niño le dio un empujón y, al quejarse, el pequeño le soltó: «Es que tú eres un poco mujercita». La frase dio paso a una conversación que siguió con un documental que vieron los tres juntos sobre transexualidad. «¿Y esto es lo que le ha pasado a papá toda su vida? –suspiró el niño–. ¡Pobrecito, lo que ha sufrido!».

Hoy viven en armonía y Lina afirma ya plenamente su verdadero género. «El camino no es fácil, pero tampoco imposible –dice Ali–. Sé que todavía habrá muchas piedras que evitar y lloros por secar. Pero nuestro amor me da fuerzas para seguir. Más allá de la apariencia y del género, yo solo veo en Lina a la persona más importante en mi vida y eso me basta».