Lesbianas en el ginecólogo: heteros hasta que se demuestre lo contrario

Foto de archivo de una consulta ginecológica. EFE

-¿Pero ella también se ha echado la crema?

-Sí, estuvimos juntas después de varias semanas. Pero por lo que me dijo tu compañera, al estar en tratamiento ese es un periodo de seguridad, ¿cierto?

-¡Mujer, pero verse y hablar no pasa nada!

-No estábamos hablando. Ella es mi pareja sexual.

Podría haber tenido lugar en una consulta cualquiera, pero es lo que le pasó a Mai Insua hace algo más de un año en urgencias. Su relato no es solo una anécdota, es la experiencia más o menos generalizada entre las mujeres que tienen sexo con mujeres en sus citas con el ginecólogo. Un momento íntimo al que, en su caso, se suman los prejuicios, los comentarios incómodos o las situaciones violentas entre las que una destaca por encima de todas: la presunción de heterosexualidad. Es decir, concebir a priori que esa es la orientación de una persona hasta que se demuestre lo contrario.

“Es algo que ocurre de manera permanente y se entrevé en las cuestiones que te plantean. Cuando te preguntan ‘¿mantienes relaciones sexuales?’ o ‘¿son con penetración?’, lo que en realidad te están preguntando es si tienes un coito heterosexual, pero sin decírtelo”.

Insua, que es psicóloga y terapeuta sexual en Galicia, abunda en esta idea: “Es una pregunta trampa porque solo se refieren a ese tipo de penetración, con pene, y conciben el sexo como sinónimo de coito asumiendo que no hay más diversidad en las relaciones sexuales. Socialmente sigue concibiéndose la idea de que si no hay penetración no hay sexo. Eso nos invisibiliza, sesga mucho las posibilidades de atención y hace que no nos sintamos esperadas. Y si no soy esperada es probable que no sepas tratarme adecuadamente”, prosigue.

El escenario ya no es el mismo que hace una década, sobre todo entre ginecólogos más jóvenes, –coinciden las mujeres entrevistadas para este reportaje– porque l a sensibilización social es mayor y  las  reivindicaciones LGTBI han ocupado la agenda, pero este tipo de situaciones siguen siendo comunes. Isabel Serrano, ginecóloga e integrante de la Federación de Planificación Familiar Estatal, cree que “salvo excepciones, no hay un componente ideológico de rechazo, si no más bien falta de formación y de tiempo”. 

La continua salida del armario

Cuando Sara López le respondió al ginecólogo que no utilizaba métodos anticonceptivos, él le espetó sorprendido: ‘¿Cómo que no? ¿Entonces no mantienes relaciones sexuales?’. La ginecóloga de Rosa (nombre ficticio), otra de las mujeres consultadas, se llevó las manos a la cabeza cuando le dijo que no empleaba estos métodos y le reprochó que si estaba loca, que si no era consciente de los riesgos que corría, que podía estar embarazada. La joven acababa de volver de una estancia en California, donde fue por primera vez al ginecólogo. Allí le hicieron rellenar un papel en el que le solicitaban el género de sus parejas sexuales. De esta manera, la médica ya contaba con esa información.

“Nunca pensé que la situación pudiera ser tan diferente en una consulta en España. Aquella vez le reproché que estaba asumiendo que era heterosexual, pero en otra ocasión, en la que otra doctora presupuso que no mantenía relaciones sexuales porque le había dicho que no usaba anticonceptivos y que no tenía pareja estable, sentí que no tenía fuerzas para salir del armario con ella. Después me enfadé conmigo misma por no haber sido honesta, pero es agotador tener que estar continuamente haciendo un esfuerzo por visibilizar quién eres”, dice Rosa, que se define como bisexual.

Se refiere a la continua salida del armario que pesa sobre las personas LGTBI, lo que en ocasiones se suma a la vergüenza, al no querer ser irrespetuosas y a la falta de reacción. “Muchas veces te quedas cortada o no sabes qué decir porque te hace sentir muy incómoda”, explica Elena Gallego, lesbiana que vive en Madrid.

Gloria Fortún, de 39 años, recuerda una de estas situaciones en su última visita al ginecólogo: “Al decir que era lesbiana utilizó conmigo el espéculo –instrumento médico empleado para dilatar la vagina– más pequeño que tenían, el que se usa con las adolescentes que van por primera vez. Yo no sabía si reír o llorar”.

Lo que en el fondo subyace a este tipo de anécdotas es la idea de que “el sexo entre mujeres no es sexo de verdad”. “Revelan un profundo desconocimiento sobre cómo pueden ser este tipo de relaciones, como si no pudiera haber penetración más allá del pene ni otro tipo de prácticas sexuales. A mí han preguntado, tras decir que mis parejas son mujeres, ‘entonces puedo explorarte ¿no?'”, explica Insua.

A Elena le han llegado a reprochar ‘entonces ¿qué haces aquí?’ tras revelar en una consulta que mantiene relaciones sexuales con mujeres. Con ello, además, el especialista asume a priori que estas mujeres nunca han mantenido relaciones sexuales con hombres. “Hay que hacer las preguntas adecuadas que nos induzcan con delicadeza a saber y nunca hay que dar por hecho nada”, dice Serrano.

El vacío de las ETS entre mujeres

La invisibilización de la identidad se une al desconocimiento sobre las enfermedades de transmisión sexual (ETS) que pueden transmitirse. “Tengo amigas a las que les han mandado para casa al saber que no tienen relaciones heterosexuales y asumir que no tienen nada que explorar. No es difícil pensar que quedan enfermedades sin diagnosticar”, dice Insua. Mar, otra de las mujeres consultadas, preguntó directamente a la ginecóloga qué posibilidades tenía de contraer una ETS al mantener sexo con chicas. Le dijo que ninguno, que estuviera tranquila.

Para esta joven lesbiana, las consultas médicas “ocultan una gran diversidad de formas de vivir la sexualidad, pero también de vivir el riesgo. Mi ginecóloga no supo responderme porque estaba desinformada y tenía una serie de concepciones a priori que le han hecho no interesarse por su cuenta”. Algo que, prosigue, “tiene que ver con que la concepción del sexo es muy falocéntrica y en cuanto falta eso, las relaciones se consideran algo infantil o muy afectivo pero poco sexual”.

Todas las mujeres consultadas para este reportaje coinciden en afirmar que nunca han sido informadas sobre la incidencia de determinadas ETS en mujeres que practican sexo con mujeres y tampoco les han hablado de métodos para evitarlo. De hecho, lo más habitual es no utilizar ninguno. 

La Asociación Internacional de Lesbianas, Gays, Bisexuales, Trans e Intersex (ILGA)  realizó en 2007 uno de los pocos estudios que existen sobre esta realidad.Aunque antiguo, reveló que las lesbianas acuden menos al ginecólogo y que en las consultas hay “obstáculos para la comunicación” por “la dificultad” de revelar su identidad y la presunción de heterosexualidad de los médicos: “Esta invisibilidad en la salud puede tener consecuencias importantes para el bienestar psicofísico”. 

La literatura científica sobre ETS entre mujeres es prácticamente inexistente y, de hecho, nunca son objeto de las campañas de prevención del Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad.  Su página web cuelga todas las que ha puesto en marcha desde 2005, pero ninguna ha tenido por público objetivo a las mujeres lesbianas o bisexuales. Sí lo han sido, por el contrario, los gays o los heterosexuales.

Iria, médica de familia en la sanidad pública, relaciona este vacío   con una falta de formación en las carreras de medicina y con “una concepción heteropatriarcal” de la misma, que todavía está vigente. “Los ginecólogos muchas veces no hacen las preguntas adecuadas para hallar las patologías que tenemos porque con las mujeres lesbianas o bien se da por hecho que no las va a tener o no se le concede toda la importancia que debería”, sentencia.

La experta insiste en el tema de las ETS “por las implicaciones que pueden tener” y añade: “Un detalle que jamás he visto preguntar es por el uso de juguetes eróticos, si se usan, cómo y, sobre todo, si se protegen”.

Anciano y gay: la fórmula de la sexualidad escondida

  • Toda una generación LGTBI, nacida durante el franquismo, aún padece las secuelas de la represión sexual: “Se buscaba en las cloacas”, explican  
  • La senectud no se asocia a lo carnal, “hay una creencia de que en la vejez el sexo no se hace desde un lugar natural”, analiza la sexóloga Marian Pontes
  • “Les hacemos saber que tienen derecho a sentirse queridos y deseados, y de una forma saludable”, apunta Fernando Armentero de la Fundación 26 de diciembre

Jesús Herrerro durante una entrevista.

Jesús Herrero sorbe su café sentado en la terraza de un bar mientras aparta las moscas con la mano. Lo hace con el mismo gesto con el que se ha sacudido durante años la palabra “maricón” en boca ajena. A sus 75 años vive su sexualidad con menos pudor que cuando tenía 20. En voz baja, porque así es como se hacen las confidencias, dice: “A veces veo un chico en el metro y pienso: ‘Ay, qué guapo’. Pero nunca les digo nada, eso les puede violentar”.

Es tan “religioso como marica”, asegura. Estudió Filosofía y Teología en un seminario de Francia, su sueño era ser misionero en África pero le expulsaron por ser gay: “Me dijeron que era muy nervioso. Sutilezas”. Su orientación sexual fue durante décadas como vestir de luto y guardar silencio.

Jesús es un ejemplo de esa generación LGTBI que va más a misa que al barrio de Chueca, polo de liberación gay en Madrid. Aquella que nació en los años 30 y 40 del siglo XX. El mundo en el que despertaron carecía de libertades. En España ahora permite el matrimonio igualitario. Muchos de ellos, sin embargo, aún sienten que viven en los márgenes.

“A esta gente le costó mucho salir del armario no quieren volver a uno. Saben que en una residencia convencional no se van a sentir aceptados, no podrían exhibir su sexualidad en un sitio así”, explica Federico Armentero, director de la Fundación 26 de Diciembre, una organización que trabaja con personas de la tercera edad y del colectivo LGTBI. Muchos de ellos rompieron lazos con su entorno cuando sus familias les dieron la espalda al saber que eran homosexuales.

“Te haces viejo y estás solo. Te invitan a una boda y te dicen: ‘¿Vas solo?’. Sí, voy solo. Yo querría ir con un hombre, agarrado del brazo… Cuando eres joven no te importa, pero con los años comprendes que estarás solo siempre”, cuenta Jesús.

El viejo verde y la mujer invisible

Culturalmente, la senectud no se asocia a lo carnal, analiza la sexóloga Marian Pontes. “Hay una creencia de que en la vejez el sexo no se hace desde un lugar natural. En los hombres está la figura del ‘viejo verde’ y las mujeres ni siquiera cuentan porque en una sociedad patriarcal, como ya no pueden procrear, el sexo pierde sentido. La sexualidad está asociada a la genitalidad y a la belleza física y eso nos esclaviza”.

“Nuestro colectivo ha vivido una sexualidad muy reprimida, buscando en las cloacas. Eso no es saludable. Aquí les enseñamos a que el placer es mucho más que eyacular”, explica Armentero. La organización ofrece servicios sexuales: “Aquí la gente no llega y dice: ‘Quiero una paja’. Bueno, igual sí, pero no funciona de esa forma. Es un proceso. ¿Quieres sexo? Vale, vamos a ver cómo. Hay personas enfermas que ya ni tienen erecciones. Con ellos pasas más tiempo lavándoles el cuerpo, les das aceite, les acaricias durante el baño, les masajeas, les tocas el pene… No es algo impuesto o algo que nosotros creamos que necesitan. Se habla y según lo que la persona demanda, se hace”, añade.

Jesús es uno de los usuarios de este servicio. Si la persona lo puede costear, la fundación solo les ayuda a encontrar a alguien adecuado: “Nuestra gente tiene muchos complejos. Unos con cáncer de próstata, otros con VIH, otros que creen que su cuerpo da asco… Aquí trabajamos con escorts que saben tratarles. Estás muy equivocado si piensas: Tienes servicio de chapero, qué bien’. Aquí se trabaja la sexualidad, no se les masturba y ya está. Les hacemos saber que tienen derecho a sentirse queridos y deseados, y que se puede hacer de una forma saludable”, apunta Armentero.

El rechazo erosiona la autoestima. Jesús recuerda cuando contrató los servicios de un prostituto: “Él eyaculó y cuando acabó, le dije: ‘Me toca a mí’. Se negó”. También cuando conoció a otro hombre que le pidió que no se quitase la camiseta: “No me quería ver, le daba asco”.

La fundación le puso en contacto con el escort que acude a su casa dos veces al mes: “Le pago 200 euros. Es como un amigo, solo que él se gana la vida así. Llega y me da un beso, me acaricia, me escucha. A veces solo se tumba a mi lado y hablamos. Otras veces la cosa se anima un poco más”, dice riendo.

La brecha de género

Iván Zaro, trabajador social de la asociación Imagina Más que asiste a prostitutos, explica que a las personas de más de 60 años “se les condena al ostracismo” en el terreno sexual. “A las mujeres, directamente, se les amputa el deseo”. Algunos de los trabajadores sexuales que acuden a esta ONG ejercen para la Fundación 26 de Diciembre: “Los hombres mayores que requieren estos servicios están en una situación de vulnerabilidad física. A esas edades, si el prostituto quiere pegarle una paliza al cliente anciano, lo hace”, señala Zaro.

El trabajador social apunta que el género influye en las relaciones de poder que se establecen en la prostitución: “En la masculina, la trata es prácticamente inexistente. Ya partiendo de esa base, es muy diferente el servicio que requiere un hombre gay anciano que el que pide un hombre hetero”. Zaro también reconoce que apenas hay mujeres que hagan uso de este servicio.

En la propia Fundación 26 de Diciembre asumen que hay una brecha de género: “Hay muy pocas mujeres. Vienen sobre todo trans, y lo especifico porque son mujeres con pene que se han visto abocadas a ejercer la prostitución. Con ellas hacemos trabajo psicológico porque han aprendido que su sexo solo lo buscan aquellos hombres que se excitan cuando ven dos pechos y un pene en un mismo cuerpo. Es injusto para ellas. Están en los márgenes de los márgenes”, señala Federico Armentero.

“Primero tienen que desaprender que no son simples objetos sexuales; después intentamos que aprendan que hay muchos otros puntos de placer. A menudo, al hormonarse pierden deseo sexual. O simplemente, por presión social, el pene es algo traumático para ellas y rechazan alcanzar placer a través de él”, añade.

Dice Jesús que le hubiese gustado no ser homosexual, tener una vida “facilita”. “Acepté mi orientación ya casi con 60 años. Me habría gustado envejecer junto a alguien pero no podía decir: ‘Mi novio’. Era ‘el amigo con el que vivía’. Cuando ya no tuve que esconderme más resultó que ya era anciano”. Su discurso no es el del romanticismo, sino el de alguien que sufre la soledad como si fuese un alimento abandonado en una nevera: “No es que sea necesario estar con alguien, pero que estar solo sea una elección”.

El Gobierno vasco registra 141 delitos de odio contra inmigrantes, gitanos y colectivos gais

Constata un descenso de los casos, aunque llama a los ciudadanos a sacarlos a la luz

Varias personas participan en una manifestación en Berlín. / E. C.

En Euskadi se registraron 141 incidentes considerados como delito de odio el año pasado. El ejercicio anterior fueron 201, lo que supone 60 menos. Es una buena noticia que, sin embargo, no debe hacer olvidar que muchos actos de discriminación y conductas hostiles no trascienden, no son denunciados y a menudo son silenciados por las propias víctimas. Así lo afirmó ayer Beatriz Artolazabal, consejera de Empleo y Políticas Sociales del Gobierno vasco, que animó a sacar a la luz este tipo de casos durante la presentación del último informe anual de la red Eraberean.

Esta entidad, explicó Artolazabal, es una red impulsada por el Ejecutivo autónomo y que está formada por organizaciones que «trabajan en el ámbito de la inmigración, la promoción del pueblo gitano y de los colectivos LGTBI -lesbianas, gais, transexuales…-, y constituyen una herramienta para luchar contra la discriminación por origen racial, étnico, orientación e identidad sexual o de género». Comenzó a actuar hace dos años, por lo que la memoria presentada ayer es la segunda.

Eraberean tiene una labor doble: «Por una parte, trabaja en la prevención, formación y sensibilización; y por otra asesora y asiste» a las víctimas, «con atención especial a aquellos casos que incluyen discriminación múltiple». Según recoge el informe, la mayor parte de los 141 delitos de odio registrados en Euskadi durante el año pasado fueron incidentes de racismo y xenofobia (63 casos), seguidos por los de ideología (39), los de orientación e identidad sexual (30), y el resto discriminación por discapacidad, creencias religiosas y aporofobia u odio al pobre. Más de las dos terceras partes (105) tuvieron lugar en Bizkaia, mientras que en Álava hubo 20 y en Gipuzkoa 16.

«No debemos olvidar que algunos de estos delitos no se comentan y no se llegan a denunciar» en los tribunales, subrayó la consejera. Y fue este mismo aspecto el que destacaron los representantes de las tres organizaciones que forman parte de Eraberean y cuyas ‘miradas’ recoge el informe. Así, Ramón Motos, de la entidad Kale dor Kayiko, explicó que «en la comunidad gitana prevalecen prejuicios hacia las instituciones o se llega a asumir como normal, como parte de ser gitano, el sufrir discriminación».

Desde la agrupación Errespetuz, Xabier Lozano alertó de que muchas agresiones que sufre el colectivo LGTBI no son denunciadas y en algunos casos «son incluso las propias víctimas las que solicitan a la asociación que no emprenda ningún tipo de acción por miedo a las represalias». En cuanto a la xenofobia, Rosabel Argote, de CEAR Euskadi, destacó los casos de discriminación que padecen los extranjeros en el acceso a pisos de alquiler, «un problema que tampoco acaba plasmado en ninguna denuncia» y alertó sobre conductas islamófobas que se están dando en Euskadi, «como impedir el acceso de una mujer a un comercio por llevar niqab».

«Euskadi está un paso por delante en los derechos de los transexuales»

Sarah Spatz es de Brasil y ha solicitado asilo en España por razones de identidad sexual. Aunque vive en Madrid desde hace nueve meses, quiere instalarse en el País Vasco

Sarah Spatz.

A sus 40 años, la vida de Sarah Spatz es de esas que daría para hacer una película. O dos. En la misma habría que situarse en diferentes localizaciones, desde Brasil a Portugal, pasando por Donostia y acabando en Madrid, donde vive en régimen de asilo desde hace meses. Un trayecto vital lleno de pasajes oscuros, marcado por la lucha por los derechos del colectivo LGTBI y con un futuro incierto que espera resolver en Euskadi, donde sueña con ‘echar el ancla’.

Sarah nació siendo un niño en Sao Paulo. A pesar de la insistencia de su madre en recordarle su condición masculina, ella siempre tuvo claro que ese no era su verdadero yo. «Mis primeros recuerdos de la infancia son de mi madre diciéndome que yo no podía ser como era, que yo era un niño», cuenta. Con 17 años, uno de los hechos más tristes de su vida se convirtió a su vez en el punto de partida hacia un nuevo futuro. «Mi madre murió. Fue una tragedia, pero también una liberación, porque ya no tendría que preocuparme de lo que mi familia pensase de mí, porque ya no me quedaba nadie».

Cambió de nombre y dejó de esconderse. Sin embargo, el rechazo que sufrió en casa también lo encontró fuera de ella. «En Brasil hay muchísima represión hacia los gays y los transexuales, que son tratados con muchísima violencia, tanto verbal como física», afirma. En la calle, le decían que era una «abominación a los ojos de Dios». Ella descubrió, gracias a internet, que no padecía ninguna enfermedad y pronto se convirtió en un miembro activo de diferentes asociaciones brasileñas que luchaban por los derechos del colectivo LGTBI.

Su valentía y su condición, sin embargo, estuvieron a punto de costarle la vida. «Un día salí de casa para ir a comprar al supermercado, y pasé por delante de una iglesia de una comunidad de cristianos evangélicos. Había unos chicos y uno de ellos se dio cuenta de que era transexual y comenzó a insultarme y a animar al resto a que me pegaran». La paliza fue brutal. Le dieron con palos y piedras, le acuchillaron y hasta le pegaron un tiro. «Estuve cinco horas tirada en la calle desangrándome hasta que apareció un coche de Policía y me llevaron al hospital». Pasó siete días en coma inducido a causa de las fracturas craneales que sufrió. Cuando abandonó el hospital tenía claro que también debía salir de Brasil.

En busca del sueño europeo

El de Sarah no es un caso aislado. Un informe de la ONG CEAR pone voz al drama de las personas perseguidas por su orientación sexual o identidad de género. Vivir marginados de la familia, ser encarcelados, incluso condenados a la pena de muerte o escondiendo su orientación sexual para evitar represalias son algunas de las formas que cobra la violencia ejercida contra las personas homosexuales, transexuales, bisexuales o intersexuales en todo el mundo, miles de las cuales deciden huir por la ausencia de libertad. No emigran por una cuestión económica. De hecho, suelen tener un perfil socioeconómico alto, con estudios y una situación acomodada en su país de origen, como Sarah.

 

u primer destino cuando salió de Brasil fue Lisboa. Allí trabajó durante nueve años como activista de diferentes colectivos LGTBI, pero nunca llegó a legalizar su situación. El Gobierno portugués le instó a abandonar el país, y decidió partir hacia París, donde residen amigos suyos. Recorrió los 610 kilómetros entre Lisboa y Vigo en bicicleta, y de allí cogió el autobús que le llevaría hasta Francia. Pero sus planes se truncaron al tratar de cruzar la frontera en Irun. Los atentados terroristas de Niza habían intensificado los controles de la Policía, que, al descubrir que no tenía más documentación que un pasaporte brasileño, le impidió continuar el viaje.

Pasó la noche en el calabozo de una comisaría, «pero como no tenía antecedentes y era solicitante de asilo me dejaron en libertad y me llevaron a San Sebastián, donde me pusieron en manos de CEAR (Comisión Española de Ayuda al Refugiado)», señala Sarah. Una amiga de Portugal le recomendó que acudiera a la asociación Gehitu para recibir asesoramiento. «Nadie me había explicado hasta entonces cuáles eran mis derechos y en qué consistía la petición de asilo», reconoce. Finalmente, el Ministerio del Interior le adjudicó una plaza en Madrid, donde vive desde hace nueve meses.

Convivencia difícil

Los inicios en la capital no fueron fáciles para Sarah. Durante cinco meses vivió en un piso compartido con otras ocho personas refugiadas, que no aceptaban su condición. «Me rechazaban y lo pasé muy mal. Tuve que pedir que me trasladaran, y ahora vivo en un piso con otro brasileño que es gay y con tres chicas su-damericanas que han sido víctimas de violencia de género». Desde CEAR alertan de que estas personas sufren una doble discriminación, «la de ser persona LGTBI y ser migrante o refugiada».

Sarah no ha perdido el tiempo y trabaja de forma activa en el centro LGTBI Madrid de la Confederación Colega, como dinamizadora en actividades socioculturales dirigidas a la comunidad transexual. Sin embargo, sus planes de futuro tienen la vista puesta en Gipuzkoa. «En noviembre termina el periodo de asilo y tendré que buscarme una habitación por mi cuenta, pero yo quiero vivir en Gipuzkoa». La razón, asegura, es que «me han demostrado ser gente mucho más seria que en el resto de ciudades en las que he estado. Cuando se comprometen con algo, lo cumplen». Asimismo, afirma que Euskadi «va un paso por delante que el resto de comunidades en el servicio y el trato que se ofrece a personas transexuales, en todos los niveles».

El informe de CEAR indica que una vez superado el trámite administrativo de asilo –lo cual puede llevar años–, la acogida no siempre garantiza un camino fácil para los refugiados. «Es un reto para las sociedades de acogida trabajar en la eliminación de los prejuicios y estereotipos sobre las personas que migran por motivos de orientación sexual e identidad de género, con el fin de avanzar hacia una sociedad igualitaria, solidaria, intercultural y libre de discriminación», reflexionan desde CEAR.

Aunque España está considerado el país con mayor porcentaje de aceptación de la homosexualidad, los migrantes LGTBI se siguen enfrentando a situaciones de discriminación, advierten. Miedo, vergüenza o temor a que su experiencia llegue a oídos de algún compatriota favorecen en ocasiones sentimientos de rechazo y frustración, y de censura de sus propias vidas.

Sarah afirma que España no es el país abierto y liberal que esperaba encontrar. «La diferencia con Brasil es que no existe violencia, pero el rechazo es el mismo». Uno de los ejemplos que más le duele es que en su tarjeta de refugiada le han obligado a poner su nombre de nacimiento, y por tanto consta como hombre. «Es muy frustrante, porque no hay voluntad para cambiar estas situaciones. Queda mucho camino por recorrer para los transexuales», afirma Sarah, cuyo nombre e identidad seguirá defendiendo ante cualquier persona, en cualquier país. «A pesar de todo el sufrimiento, de lo único de lo que me arrepiento es de haber estado escondida tanto tiempo. Nunca más voy a vivir una mentira para ser socialmente aceptada».

La odisea de un crucerista gay tras atracar en Getxo: una semana vagando a la intemperie

El hombre de 72 años, que tenía la intención de visitar un día San Sebastián, perdió su autobús de regreso al ‘Celebrity Silhouette’

 

El viaje en el crucero ‘Celebrity Silhouette’, dirigido al público homosexual, no fue precisamente una fiesta para un crucerista estadounidense de 72 años. Más bien una odisea. Y es que no solo se perdió las más de 50 fiestas que se celebraron a bordo, sino que estuvo perdido y a la intemperie una semana fuera del barco. Lo encontraron siete días después en San Sebastián.

El hombre, que había desembarcado junto a 2.700 pasajeros el pasado día 7 en Getxotenía la intención de pasar una jornada en Bilbao. Una visita exprés. Sin embargo, en el último momento optó por dirigirse a San Sebastián. Allí perdió su autobús de regreso al crucero ‘Silhouette’, que zarpó hacia La Coruña sin él.

La naviera Celebrity Cruises presentó al día siguiente una denuncia por la desaparición de uno de sus pasajeros. A partir de ese momento, se iniciaron las pesquisas policiales para su localización, entre ellas, gestiones con centros sanitarios, hoteles y medios de transporte, sin conseguir localizarle.

El varón, que no habla español, no tuvo éxito para contactar con la compañía encargada del viaje. En ese momento comenzó su periplo por las calles de San Sebastián. Día y noche por la capital guipuzcoana, a la intemperie.

Tras una semana deambulando por las calles de San Sebastían, se dirigió a la Policía Municipal, desde donde se pusieron en contacto con la Ertzaintza para informales de la presencia de una «persona muy desorientada». Agentes de la Sección Central de Investigación Criminal y Policía Judicial que, una vez confirmado que se trataba del desaparecido, organizaban su traslado al hospital de Cruces, para realizarle una revisión médica, así como los posteriores trámites para su repatriación a cargo de la empresa responsable del crucero.

El hombre, que ya ha regresado a a Estados Unidos, ha querido agradecer a los agentes el trato recibido. A ellos se ha referido como ‘Sus ángeles de la guarda’.

‘Chemsex’, mucho más que sexo con droga

Las sustancias utilizadas y el tipo de práctica sexual definen a estas sesiones que ya se tratan como un problema de salud pública

Fotograma de la película ‘Chemsex’ (William Fairman, Max Gogarty, 2015).

El término chemsex surge de la expresión chemical sex, sexo químico. Pero para que un ayuntamiento como el de Barcelona haya incorporado su práctica como un problema de salud pública no cabe duda de que el chemsex traspasa determinados límites tanto en el uso de las drogas como en el del sexo. Durante mucho tiempo se ha usado este término para referirse al uso de cualquier sustancia en un contexto sexual de cualquier grupo de población. Pero hoy y según todas las asociaciones especializadas en el tema, el chemsex es el uso combinado de metanfetaminas o crystal meth, GHB o éxtasis líquido y mefedrona (acompañados de otros estimulantes como el poppers y la viagra) por parte de hombres que tienen sexo con otros hombres. Estas sesiones se prolongan durante varias horas e incluso días, y aunque los servicios de salud pública lanzan campañas contra el uso de cualquier droga, están poniendo ahora un foco especial en las chemsex ya que suponen un reto por las peculiaridades de esas sustancias. Las chemsex están generando un nuevo tipo de adicto, además de un repunte de las infecciones de VIH y otras enfermedades de transmisión sexual, algo muy preocupante.

El alcohol y las drogas se han usado para el sexo históricamente en todos los colectivos. El problema de sustancias como la mefedrona, el GHB y el crystal meth(también llamado tina) es que generan una especial desinhibición de cara al sexo, y permiten su uso durante muchas horas con un “subidón” constante. Esto es particularmente peligroso, ya que los efectos de una de las drogas se contrarrestan con la otra y esto hace que estas sesiones duren hasta varios días con el consiguiente daño físico y mental. Dentro del chemsex está la modalidad llamada slam, en la que las drogas se inyectan para conseguir efectos más fuertes y rápidos. Además del enorme riesgo de compartir jeringuillas, con esta práctica aumentan enormemente las posibilidades de sufrir una sobredosis, en ocasiones mortales. En algunos foros sobre el tema se puede leer que en países como Estados Unidos o Reino Unido (cuna del chemsex) lo último es llevar a uno de los participantes al límite, es decir, jugar a rozar la sobredosis (en el argot se denomina “doblar”) o incluso alcanzarla premeditadamente a sabiendas de que se puede terminar muerto.

Más allá de los problemas derivados de la adicción a estas drogas, el aumento de infecciones de VIH y otras enfermedades como la hepatitis C es la principal preocupación de las autoridades sanitarias respecto al chemsex. Las posibilidades de caer en prácticas de riesgo estando borracho o bajo los efectos de una droga son siempre mayores, pero se multiplican en el caso de una de estas sesiones. El GHB o la metanfetamina afectan directamente a la consciencia, y chicos que normalmente usaban condón en sus relaciones aseguran que al tomarlas es muy fácil olvidarse de tomar precauciones. En el caso del éxtasis líquido, los médicos apuntan a que favorece el sexo anal ejercido con fuerza ya que es un anestésico, lo que favorece aún más los riesgos de infección por la rotura de capilares sanguíneos. El resto de papeletas para terminar contrayendo una enfermedad lo aporta la naturaleza orgiástica de estas sesiones. En las chemsex lo normal es tener sexo con muchos hombres. En muchos casos se llega a perder la cuenta.

El reto ahora es abordar la problemática del chemsex por un lado como problema sanitario. Asociaciones del colectivo gay, y desde ahora también poderes públicos como el ayuntamiento de Barcelona, tienen campañas de concienciación respecto al uso de estas nuevas drogas. Respecto al repunte de contagios por VIH, estas asociaciones apuestan porque se distribuya de forma gratuita el llamado PreP, un combinado de medicamentos antirretrovirales que impide la transmisión del virus del SIDA. Pero advierten de que el chemsex tiene sus raíces en las presiones sociales específicas del mundo gay. Un colectivo generalmente más liberal en cuanto al sexo, y por tanto más vulnerable a los excesos y sus consecuencias.

Detectados 158 nuevos casos de VIH en 2016, la mitad con diagnóstico tardío

La cifra de contagios es similar respecto al año anterior, y sigue preocupando el tiempo transcurrido hasta su detección, clave para la aplicación del tratamiento médico. El 64% superan los 40 años, pero hay menores de 25. «Algo falla entre la información y la acción», opinan.

 

CONSULTA ON LINE

Osakidetza ha creado una consulta on line dirigida a hombres que tienen sexo con hombres. Permite plantear cuestiones de forma anónima y se recibe asesoría.

 

El VIH es una enfermedad que se ha cronificado, pero no se ha erradicado. Insistir para volver a insistir en la prevención y en la importancia del diagnóstico precoz sigue siendo clave. El pasado año, en la CAV, se identificaron 158 nuevos casos, y más de la mitad (52,2%) presentaron un diagnóstico tardío. Esto supone un contagio cada dos días. Al menos los detectados. Las cifras son similares a las que dejó 2015.

El departamento de Salud de Lakua, junto a las asociaciones Euskalsida y Harribeltza, desgranaron ayer los datos que se desprenden del Plan del Sida e Infecciones de Transmisión Sexual del último ejercicio.

El consejero Jon Darpón incidió en el valor de los test rápidos que se ofrecen en 50 farmacias, porque ese resultado a tiempo será decisivo en el resto del proceso. El pasado año se realizaron 2.775 pruebas, de las que 27 dieron positivo. En ese caso, de inmediato se deriva a Osakidetza, donde se pone en marcha el tratamiento. «Si se detecta el virus y si se toma el tratamiento ya no se desarrolla; y no solo eso, sino que tampoco se transmite», recordó Antonio Arraiza, coordinador del Plan del Sida.

El sexo entre hombres se mantiene como la principal vía de contagio de VIH (44,3%,) aunque le sigue de cerca la vía heterosexual (42,4%). No obstante, es la primera la que muestra una tendencia al alza y así seguirá siendo, en opinión de Darpón.

Sobre la edad de las personas contagiadas alertó Marta Pastor, presidenta de Euskalsida. Dos tercios tienen más de 40 años, pero, en su opinión, «sorprenden» los casos en menores de 25 años, a quienes se les presupone un mayor acceso a la información. «Nos cuesta entender que de la información a la acción hay muchas cosas que fallan», añadió. El consejero admitió que «existen más variables que la falta de información».

Respecto a la inversión en retrovirales, el año pasado fueron atendidos 5.661 pacientes, lo que supuso en Osakidetza un gasto de 36,1 millones de euros.

Contra el estigma, la importancia de un cambio en el nombre

Desde Euskalsida, su presidenta Marta Pastor agregó un cuarto objetivo a los citados por el consejero de Salud: acabar con el estigma y la discriminación que sufren las personas portadoras del virus.

Según explicó, hoy día hay en el mundo 84 países que vetan la entrada a estas personas, pero también en el propio Estado español ocurren discriminaciones. «Hay leyes que excluyen a personas seropositivas para poder opositar», dijo, citando las OPE en cuerpos policiales o bombero.

Adelantó que están en contacto con los grupos políticos para llevar al Parlamento de la CAV la necesidad de que la legislación estatal cambie la calificación del sida como enfermedad «infecto contagiosa» por «infecto transmisible» para que de esta manera las personas con VIH puedan opositar. Se trata de tejer una posición fuerte en Gasteiz de cara al debate que se haga en el Congreso de Madrid.O.L.

Los derechos de la derecha. El PP y la ley LGTBI

Beatriz Gimeno
Diputada en la asamblea autonómica de la Comunidad de Madrid, grupo parlamentario de Podemos

Si alguien no ha entendido que el Partido Popular miente siempre, por principio, es que no ha entendido de qué va esto. La política no es el reino de la pureza, ya lo sabemos, pero ciertamente la política que se resuelve con los votos que se depositan en las urnas tiene unas características particulares que hacen que la derecha se vea obligada a mentir todo el tiempo; que la mentira sea, tenga que ser en realidad, la base de su imagen pública. La derecha gobierna contra el interés general. La derecha hace políticas que harán más ricos a los ricos y más pobres a los pobres; más ricos a los pocos y más pobres a los muchos. Con estas intenciones, ganar las elecciones dependen de mentir, de lo bien que se mienta y de que la gente se lo crea más o menos. Todo el sistema, con la mayoría de los medios de comunicación como punta de lanza, se encarga de hacer que las mentiras sean creíbles el mayor tiempo posible.

El  PP lleva años empeñado en acudir a la manifestación del Orgullo que se celebra en Madrid, especialmente el pseudoprogresista PP de Cristina Cifuentes que con una mano dice que aprueba leyes de derechos LGTBI (que en realidad no aprueba) mientras que con la otra dice que no apoya, (pero en realidad sí apoya) a personajes como el machista y lgtbifóbico alcalde de Alcorcón David Pérez. El caso es que este año era el World Pride y el PP no quería perderse la visibilidad que da ir en pancarta en esa manifestación, una de las más grandes del año. La FELGTB quiso aprovechar la ocasión y obligó a los partidos políticos que querían participar en la misma a firmar un documento en el que se comprometían, a cambio de ir en la cabecera, a apoyar la ley cuando se presentase en el Congreso.

Mentira, claro. Mentira sin más, sin disimulos. No la apoyan. Pero allí que se pusieron en la pancarta el diputado Maroto, el gay del PP a cuya boda asistió Rajoy muy contento; Andrea Levy, moderna donde las haya, y Carlos Izquierdo, Consejero de Cristina Cifuentes, mucho menos moderno el hombre, aunque intentó disimularlo yendo de sport y sin corbata. Ellos y ella y varios cargos públicos de este partido, firmaron el documento y se pusieron en primera línea. La ley se ha presentado esta semana y de aquel documento no queda nada, excepto la voluntad expresa de vulnerarlo. Pero ¿a quién puede extrañarle que un partido que lleva mintiendo años y años con los casos de corrupción fuera a detenerse por un documento de nada firmado en una manifestación de maricones?

En realidad, a estas alturas es verdad que el PP no tienen problema con la homosexualidad. El PP no es como HazteOir, que de puro cutre que es no consiguen siquiera que les vuele esa avioneta que han alquilado y a los que no hace ya caso ni Mayor Oreja…bueno, Mayor Oreja, sí. La derecha no ha tenido nunca problema con los comportamientos privados de los ricos, sean los que sean. No han tenido nunca problemas con que las ricas aborten, o con que la gente sea homosexual si se lo puede pagar. Los derechos de todos y todas son otra cosa muy distinta. Rajoy va a la boda de Maroto encantado de la vida, mientras el mismo Maroto no tiene pudor alguno en declarar que no apoya esta ley que pretende extender los derechos de los que él sin duda disfruta, a todas las personas lgtbi. Una ley que pretende evitar el acoso a niños y niñas en los institutos o que pretende garantizar los derechos de las lesbianas a la reproducción asistida, aunque no se lo puedan pagar.  Maroto se casó porque nosotras luchamos por una ley que amparara su derecho de casarse tan horteramente como le diera la gana y Rajoy fue a su boda porque muchas luchamos porque la homosexualidad dejara de ser considerada  una enfermedad pero ahora  él, y su partido, se niega a apoyar una ley que pretende que las personas transexuales  dejen de ser consideradas enfermas o que se prohíban las terapias de reversión, que pretenden curar con mucho dolor lo que ni se puede ni se debe curar. Maroto nunca ha querido curarse, pero que haya adolescentes torturados con esas terapias es algo que a él ni a su partido le incumben.

Al fin y al cabo, a Maroto no le preocupa nada de esto. En el momento en que él pueda tener un hijo o hija por gestación subrogada, cuya legalización defiende encarecidamente como un derecho que a él mismo le falta (al fin y al cabo no es mujer ni pobre) ya se encargará de llevarle a un colegio muy caro donde nadie le acose. En fin, que no nos engañemos, el PP no tiene problema alguno, es verdad, con la homosexualidad. Con lo que sí tienen problemas es con que los derechos que pueden hacer más fáciles y más dignas las vidas de todas las personas LGTBI estén al alcance de todos y todas. Maroto lleva una buena vida como gay, no me cabe duda, gracias a otras personas; ahora se trata de que todas las personas LGTBI  puedan llevar vidas buenas o igual de buenas, al menos, que la que lleva Maroto. El PP tampoco tiene ningún problema con la mentira y por eso firmó un documento para poder colocarse en la pancarta de la manifestación del Orgullo; un documento que no le importa nada incumplir a las primeras de cambio.

Porque la derecha es partidaria de tener derechos, pero no de que los derechos se extiendan a todas y todos. La derecha es partidaria de tener derechos, sus derechos, y de tenerlo todo, y esto es así siempre, y es parte consustancial de lo que significa ser de derechas. Y a ver si lo vamos aprendiendo.

El bus de HazteOir, en Bilbao

Cerca de 200 personas se concentraron en Bilbao ante la presencia del autobús HazteOir (Borja Guerrero)

 

PROTESTAS. Cerca de 200 personas de asociaciones LGTBI, diversas organizaciones y simpatizantes, se concentraron en Bilbao ante la presencia del autobús HazteOir. El vehículo llegó a la plaza Euskadi donde Policía Local y Ertzaintza acordonaron una zona para que descendieran los pasajeros del autobús. Los manifestantes les recibieron entre gritos de protesta, pitidos y lemas a favor de decidir sobre su propio cuerpo e identidad sexual. Durante la protesta se registraron algunos altercados.

AGENTE NARANJA El bus de HazteOír tuvo lo que quería: lío

El bus de HazteOír tuvo lo que quería: lío

PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

 

Situado a su manera entre la psicodelia y el escalofrío, el autobús naranja de HazteOír es como la ‘Mistery Machine’ de Scooby-Doo, pero sin gracia. Ayer el vehículo llegó a Bilbao con su escándalo portátil. Y aparcó en la plaza Euskadi, dejando ver esas serigrafías locas suyas. Que si los de Podemos van a por tus hijos, que si lo de los penes y las vulvas. Hay quien cree que Cataluña vive «bajo el asedio» y quien cree que en los colegios se obliga a los chiquillos a ser homosexuales. El país vive un momento inigualable. Cuela alguien una idea sensata por la aduana y no descarten que la reacción termodinámica haga que vuele todo por los aires.

En un ejercicio de primero de agitprop, el autobús de HazteOír recorre España buscando camorra. Ayer en Bilbao fue recibido por un montón de gente abucheante, otro montón de policías y un tercer montón de cámaras. He ordenado los montones de mayor a menor. También andaba por allí Nacho Toca, presidente de Nuevas Generaciones de Bizkaia, aunque desapareció pronto. Doy por hecho que él no iba a abuchear. ¿Quién no ha sido un loco maravilloso cuando tenía veinte años?

Durante el tiempo que estuvo en Bilbao, el autobús de Hazte Oír acogió una actividad muy intensa. De él se bajaron dos personas, dos, a hacer declaraciones y sacar fotos. Y a él se subió una persona, una, que igual quería donar sangre o preguntar por lo de la fibra óptica.

Eso fue todo. O sea, nada. El resto, un exceso de énfasis ante una trampa extravagante. «No se trata de libertad de expresión», se leía en la pancarta principal de la contramanifestación. Y me temo que se trata precisamente de eso. La indiferencia es en estos casos mucho más lapidaria que la furia.

Ayer, por cierto, fue irse el agente naranja y volverse la furia contra la Ertzaintza. De pronto hubo insultos («perros»), un amago de detención y los lemas antihomofóbicos dejaron paso al nombre de Íñigo Cabacas. En plena bronca, un joven se fue para un agente: «¡Maricón!» A su alrededor, se abrió un paréntesis incrédulo. Había manifestantes que no sabían si atizarle a él o a la policía. El chico se quería morir, daba a entender que con la emoción… «No, hombre, no», decía una activista soltándole patadas al suelo por no soltárselas al compañero. ¿Les he dicho que el país vive un momento inigualable?